Durante años, Geraldine Galván convivió con una contradicción: mientras en casa le enseñaron que era bonita y suficiente tal como era, su paso por la industria le hizo cuestionar esa certeza. Hoy, después de una larga carrera y convertida en mamá de Santiago, reconoce que esa inseguridad estuvo presente muchas veces y que ha tenido que trabajar para dejarla atrás. “Sí, claro, todo el tiempo”, responde al recordar si alguna vez se ha sentido menos o poco atractiva. La actriz comenzó a trabajar desde niña y ha pasado buena parte de su vida frente a las cámaras. En ese recorrido también descubrió que los estándares de belleza pueden pesar y hacer que una persona dude de sí misma, incluso cuando ha recibido desde casa las herramientas para sentirse segura. “Mi mamá siempre me hizo sentir bonita y suficiente.
Me enseñó que no tenía que cambiar para encajar, pero desafortunadamente en la industria te hacen sentir o ver las cosas de otra manera, y yo lo viví muchas veces”, reconoce en entrevista con TVyNovelas. Esa experiencia encontró un eco especial en Cuando fui bonita, la serie que ahora protagoniza en Canal 5. Su personaje le permitió explorar a una mujer que ha sido juzgada por su apariencia y que necesita descubrir por sí misma todo lo que puede hacer. “En esta industria es muy difícil llegar a este tipo de papeles. Yo empecé muy chiquita y siento que era alguien que no había sido vista.
Cuando por fin la gente me mira, descubre lo buena y capaz que soy en mi trabajo. Yo siento que tuve muchos años de carrera esperando este momento y ahora que lo tengo estoy muy agradecida”, asegura. El proyecto llegó, además, cuando Geraldine atravesaba uno de los cambios más importantes de su vida. Poco antes había nacido Santiago y, lejos de dejar la maternidad fuera del set, decidió llevarla consigo. “Yo todavía estaba amamantando a Santi y estuvo conmigo todo el tiempo durante las grabaciones, tanto en el foro como en las locaciones.
Tiene un año cuatro meses y seguimos con la lactancia. Somos muy nuevecitos, muy estrenados en esto de ser papás”, cuenta. La presencia del pequeño terminó teniendo una influencia inesperada en su trabajo. Geraldine comenzó a observar el mundo desde la mirada de un niño que apenas está descubriendo lo que lo rodea, y esa experiencia la ayudó a acercarse a las emociones de su personaje. “Yo siento que Santi venía con esa torta bajo el brazo, porque me ayudó muchísimo a hacerla entrañable.
Me permití interpretarla incluso desde los ojos de Santiago, desde esa sorpresa y ese no saber muchas cosas de la vida”, explica. También encontró una conexión en el hecho de que su personaje haya dejado de experimentar algunas cosas por los prejuicios de quienes la rodean. “Ella no ha tenido la oportunidad de vivir muchas experiencias porque la sociedad la ha juzgado y le ha quitado cosas que debería haber vivido. Entonces vivirlo desde un punto diferente, desde un mundo nuevo, también me ayudó mucho”, agrega. Mientras construía esta historia, Geraldine también estaba viviendo un proceso personal.
La maternidad la llevó a revisar sus prioridades y a preguntarse qué clase de ejemplo quiere darle a su hijo. “Después de ser mamá eso cambió muchísimo. He ido a terapia y he aprendido a priorizar las cosas de mi vida. Pienso mucho en lo que quiero que Santiago escuche y vea, porque los niños aprenden de nosotros”, comparte. Ese aprendizaje también ha tenido que ver con la forma en que se percibe a sí misma.
Si durante años sintió la necesidad de encajar, ahora busca transmitirle a su hijo un mensaje diferente: que no tiene que convertirse en otra persona para sentirse valioso. La maternidad, explica, la llevó por un proceso de aceptación y autoestima que todavía continúa. En ese camino encontró una de las enseñanzas más importantes que le dejó este proyecto. “Eso es lo que justo me enseñó: a ser yo y a que todo lo que nosotros hacemos es suficiente porque estamos haciendo lo mejor que podemos con las herramientas que tenemos”, afirma. A Geraldine también le interesa que la serie tenga un tono amable y pueda convertirse en un respiro para el público.
En lugar de cargar con los problemas cotidianos, quiere que la audiencia encuentre un espacio para reír, enamorarse y disfrutar. “Quiero que los niños tengan un producto que puedan ver. La historia es muy bonita, muy rosa; la gente se va a reír, se va a enamorar y durante cinco minutos podrá olvidarse del ajetreo de todos los días y simplemente disfrutar la serie, en lugar de estar pensando en todo lo que está pasando afuera. Lo vas a disfrutar demasiado... de verdad sé que lo van a disfrutar como hace mucho no se disfruta un proyecto”, asegura. Después de tantos años frente a las cámaras, Geraldine parece estar viviendo uno de esos momentos que no solo representan un crecimiento profesional, sino también personal.
La maternidad le cambió las prioridades, la terapia le permitió trabajar inseguridades y este proyecto llegó para recordarle algo que durante mucho tiempo le costó creer: que no necesita transformarse para merecer un lugar. Y quizá esa seguridad sea una de las mayores diferencias entre la Geraldine que comenzó su carrera siendo una niña y la mujer que hoy ocupa el centro de una historia sobre aprender a mirarse de otra manera.