Gracias, inteligencia artificial: cada día nos haces la vida más fácil y a nosotros un poco más tontos

Gracias, inteligencia artificial: cada día nos haces la vida más fácil y a nosotros un poco más tontos

Hay algo deliciosamente cómodo en abrir ChatGPT con una página en blanco y escribir: “Dame cinco ideas”. Cinco segundos después ya no hay una página en blanco. Tampoco hubo que atravesar ese momento desagradable en el que una idea todavía no tiene forma, buscar una palabra, equivocarse, borrar un párrafo o descubrir, después de veinte minutos, que aquello que parecía brillante no tenía ningún sentido. Podemos llamar a eso eficiencia.

Yo empiezo a preguntarme cuánto de esa “ineficiencia” que estamos eliminando era, en realidad, pensar. Joe Cruz, profesor y presidente de Filosofía y Ciencias Cognitivas en Williams College , acaba de plantear en The New York Times una idea provocadora: quizá las universidades han sobrevalorado la escritura como mecanismo para desarrollar el pensamiento. Cruz incluso permitió a sus estudiantes utilizar IA en sus ensayos finales y después les hizo exámenes orales de 45 minutos. Según cuenta, podían defender perfectamente sus argumentos y al menos la mitad se desenvolvía mejor hablando que escribiendo.

Puede que tenga razón en algo: un buen texto ya no demuestra necesariamente que detrás haya habido un buen proceso intelectual. Pero creo que de ahí estamos a punto de sacar exactamente la conclusión equivocada. El ensayo importaba también por todo lo horrible que ocurría antes de terminarlo Escribir nunca fue solamente pasar pensamientos terminados a una hoja. Muchas veces uno descubre qué piensa precisamente porque intenta escribirlo.

Una frase no encaja. Un argumento contradice al párrafo anterior. Falta evidencia. Aquello que parecía clarísimo dentro de la cabeza resulta bastante ridículo cuando hay que explicárselo a otra persona.

Todo eso es fricción. Y la fricción mental tiene mala prensa en la era de la IA. Sin embargo, existe evidencia de que escribir sobre aquello que estamos aprendiendo tiene efectos medibles. Un metaanálisis publicado en Review of Educational Research reunió 56 experimentos sobre ciencias, matemáticas y estudios sociales y encontró que escribir sobre los contenidos mejoraba el aprendizaje, con un tamaño de efecto promedio de 0,30.

No es magia ni demuestra que escribir sea la única manera de pensar. Pero tampoco es precisamente “no tenemos pruebas”. Quizá llevamos años valorando el resultado equivocado. El ensayo terminado puede ser burocrático.

El esfuerzo necesario para llegar hasta él no lo es. Y ahí aparece la IA. Cuanto más confiamos en ella, menos parece que nos molestamos en pensar © Gizmodo / ChatGPT. En 2025, investigadores de Microsoft Research y Carnegie Mellon estudiaron a 319 trabajadores del conocimiento, que aportaron 936 ejemplos reales de tareas realizadas con IA generativa.

Encontraron una relación bastante incómoda: cuanto mayor era la confianza de una persona en la IA, menor era la cantidad de pensamiento crítico que declaraba aplicar. Cuando confiaba más en sus propias capacidades ocurría lo contrario. La IA además desplazaba el trabajo mental desde producir una respuesta hacia revisar, verificar e integrar una respuesta ya generada. No es lo mismo construir que supervisar.

Un estudio del MIT Media Lab llevó la pregunta un poco más lejos. 54 participantes escribieron ensayos utilizando ChatGPT, buscadores o únicamente su propia cabeza mientras los investigadores registraban su actividad mediante EEG. El grupo sin herramientas mostró las redes cerebrales más extensas; el de buscadores quedó en medio y el grupo con un LLM presentó la conectividad más débil. Los usuarios de IA también mostraron menor sensación de autoría y mayores dificultades para citar correctamente lo que ellos mismos habían escrito. Conviene decirlo: es un preprint , la muestra es pequeña y esto no demuestra que ChatGPT reduzca nuestra inteligencia.

Pero tampoco estamos ante una alarma completamente imaginaria. Un estudio de 2026 sobre estudiantes encontró además una tendencia hacia prompts cada vez más simples y poco contextualizados, junto con aceptación de resultados generados con modificaciones y participación crítica mínimas. La comodidad tiene una característica curiosa: uno se acostumbra muy rápido. Quizá la IA no nos haga tontos.

Quizá nosotros la estemos usando para dejar de hacer cosas inteligentes Hay una objeción importante y sería absurdo ignorarla: la IA también puede ayudarnos a aprender. Otro estudio publicado en Computers & Education este año siguió a 101 universitarios y encontró algo aparentemente contradictorio. Los alumnos que dejaron a la IA producir un primer borrador, pero después tuvieron que evaluarlo y revisarlo ellos mismos, mejoraron más su escritura que quienes trabajaron sin IA. También mostraron mejoras en conocimientos metacognitivos y autoeficacia.

Eso me parece mucho más interesante que preguntarnos si “la IA es buena o mala”. La cuestión es qué parte estamos delegando. Si una máquina hace el primer borrador y yo tengo que despedazarlo, comprobarlo, discutirlo y reconstruirlo, quizá me esté dando material sobre el que pensar. Si hace el borrador, la corrección, el resumen, la conclusión, los cinco títulos y además me explica qué debería opinar sobre el resultado, no estoy aumentando mis capacidades.

Estoy externalizándolas. Y lo hacemos constantemente. Ya no buscamos una palabra: pedimos una reformulación. No terminamos un informe: pedimos el resumen.

No empezamos un correo: solicitamos que nos lo escriba. No enfrentamos diez minutos a una página vacía: pedimos diez ideas y elegimos una. Cada gesto parece insignificante. El problema aparece cuando los sumamos.

Porque una calculadora externaliza una operación. Un GPS, una ruta. Pero una IA generativa puede externalizar la búsqueda, la síntesis, la argumentación, la redacción y hasta la duda. Puede empezar a pensar antes de que nosotros hayamos decidido qué queríamos pensar.

Cruz tiene razón en que la universidad debería encontrar maneras mejores de comprobar si un alumno entiende lo que entrega. Pero poder defender durante 45 minutos una idea que alguien (o algo) ayudó a construir no responde una pregunta mucho más incómoda: ¿habría llegado esa persona sola hasta esa idea? No sé si la inteligencia artificial nos está haciendo más tontos. Todavía no tenemos evidencia para afirmar algo tan grande.

Pero sí estamos construyendo la primera tecnología de uso masivo capaz de evitarnos buena parte de las pequeñas dificultades cotidianas con las que ejercitábamos el pensamiento. Y estamos aceptando la oferta con entusiasmo. Así que gracias, inteligencia artificial, por ahorrarnos tiempo. Ahora solo queda procurar que, en el proceso, no terminemos ahorrándonos también la necesidad de pensar.

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