Cuando el trono de Japón se decidió en un combate de lucha libre con superpoderes

Cuando el trono de Japón se decidió en un combate de lucha libre con superpoderes

De todas las historias sobre luchas entre sucesores al trono, puede que la más surrealista se la debamos a Japón. Allí, en el año 858, los dos candidatos a suceder al emperador Montoku estaban lo suficientemente descompensados como para no poder jugárselo a guantazo limpio. Ganar por la fuerza a un niño de ocho años estaría mal visto, así que decidieron jugárselo a lo grande. El nuevo emperador lo decidiría una competición de caballos de carreras y otra de sumo.

Como el apoyo de unos nobles y otros a un candidato o al rival podían comportar problemas a futuro, a todo el mundo le pareció bien que aquello quedase en manos de la diosa fortuna (y de lo que cada bando estuviese dispuesto a sacrificar, claro). El combate de sumo que decidió quién sería emperador de Japón Tras celebrar diez carreras de caballos, un sucesor ganó las cuatro primeras y el otro las seis restantes. Estaba claro que, si algo iba a desequilibrar aquello, iba a ser el combate de sumo más legendario que jamás había vivido Japón. Fue también el que más se fue de madre.

El caso es que uno de los candidatos al trono escogió a un luchador inmenso, un campeón con la fuerza de 60 hombres que no conocía la derrota. Al otro lado, en cambio, el niño de ocho años eligió a un hombre sorprendentemente pequeño, como si quisiera enviar un mensaje asegurando que, incluso a su corta edad, podía gobernar Japón sin problemas. El mensaje empezó a calar cuando el poderoso luchador lanzó al débil por los aires y este cayó de pie, como si nada hubiese ocurrido. Lamentablemente, la fuerza del primero empezó a pesar cada vez más y, a las puertas de la derrota, un monje decidió hacer una ofrenda a los dioses para que ganase el pequeño emperador.

Dando por hecho que el otro luchador también tenía a un monje haciendo exactamente lo mismo, el monje se abrió la cabeza, cogió parte de su cerebro y lo utilizó como ofrenda en una ceremonia del fuego que, esta vez sí, hizo que el pequeño luchador cogiese la delantera y ganase el combate. Como ya habrás imaginado, el relato es sólo otro ejemplo más de cómo las historias se adornan para darle una épica que nunca existió. Aunque la leyenda del combate de sumo ha calado entre la población por razones obvias, en realidad aquel chiquillo ya estaba marcado como heredero al trono desde su nacimiento y, a la edad de ocho años, le tocó reinar cuando faltó su padre. Aunque la historia ya de por sí resulta bastante impactante, alguien pensó que unos caballos, un combate y un señor abriéndose la cabeza lucían mucho más.

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