La era de los aprons inaugurada en 2023 ha puesto patas arriba los preceptos anteriores en lo que a construcción de plantilla se refiere. No solo vemos los cambios en los contratos que se firman y los que se dejan de firmar, sino que sobre este nuevo tablero de juego, la juventud ha dejado de ser excusa para convertirse en oportunidad. Aunque requiera de altas dosis de fortuna y ojo clínico en la detección de calidad en bruto, la manera más sostenible de apilar talento en un mismo roster está en aprovechar la holgura financiera que otorgan los contratos de escala rookie . El actual juego que se despliega en la NBA requiere de una intensidad física mayormente presente en motores, como quien dice, aún adolescentes.
Y una profundidad de planteles que se consigue pagando a muchos jugadores por debajo de su valor de mercado. Ya sea a través de los mencionados contratos de novato (primeros tres años de carrera) o firmando a un jugador justo antes de su explosión (Deni Avdija, Ajay Mitchell, Austin Reaves…). Consagrados al desarrollo interno Esta obligación económica a contar siempre con jóvenes como parte del núcleo duro de cualquier plantilla y no tanto como complementos, le da otro sentido al desarrollo interno. Es decir, conseguir mayor rendimiento sin sumar jugadores vía traspaso o agencia libre.
Un aspecto impredecible de año en año al que las franquicias deben abrazarse ahora más que nunca. Los equipos tienen una influencia limitada en la capacidad de mejora del jugador. La absorción de conocimientos y la disposición al sacrificio son talentos igual que lo son la destreza botando un balón o tirando en suspensión. Eso sí, mucho más difíciles de medir.
Sin embargo, los intermediarios para incentivar ese desarrollo individual también son los activos donde la organización no cuenta con techos de gasto. En el momento en que Houston lleva a cabo el traspaso a siete bandas por Kevin Durant el verano de 2025, sabe que en los próximos dos o tres años cualquier mejora del proyecto debe darse en los márgenes. Se da la extraordinaria situación de la lesión y regreso de Fred VanVleet, lo cual da una sensación de mejora sin coste (más allá de su extensión firmada en la misma offseason en que llegó KD). El otro upgrade de la plantilla viene de firmar a Marcus Smart con la mid-level de lujo.
Lo suficiente para poder maniobrar bajo la línea del impuesto y los aprons. Con ello en mente, Rafael Stone entiende que su principal foco de desarrollo está en Amen Thompson y Alperen Sengün. Y, para desencadenar todo su potencial, firma a uno de los grandes gurús del tiro en la NBA del siglo XXI . Dicen que quien sabe, hace; y quien no sabe, enseña.
Chip Engelland, flamante fichaje del cuerpo técnico de los Houston Rockets, es ampliamente conocido por sus enseñanzas en el arte del tiro con Kawhi Leonard o Tony Parker como máximos exponentes de su obra en los 17 años que pasó en San Antonio (2005-2022). Pero, mucho antes de enseñar , el Doctor Tiro ya hacía . La leyenda de Chip Engelland Arthur, su nombre de pila real, fue uno de tantos otros jugadores cuya carrera universitaria no dio para llamar la atención de la liga de las tres siglas. Pasó sus 4 años NCAA en una Duke que no era ni de lejos la actual Duke, aunque allí ya mandaba Mike Krzyzewski.
Su principal habilidad era el tiro exterior cuando en la NBA apenas se lanzaban 2,4 triples por encuentro. Él mismo ya intentaba 3,1 triples por partido en la 1982-83 (metiendo el 55,4%) desde los escuetos 5,4 metros que marcaban la línea del perímetro en el circuito universitario de entonces. En aquellas ediciones del Draft que superaban las 200 elecciones y donde con suerte el 20% jugaba más de una temporada, Chip ni siquiera pudo formar parte de los 226 elegidos en la clase de 1983. El baloncesto entonces le empujó a cruzar el Pacífico hasta encontrar nueva casa en Filipinas.
No fue solo, sino parte de una pequeña diáspora de jugadores universitarios llevados allí con la misión de reforzar la competición doméstica y, sobre todo, el equipo nacional. Iniciando el proyecto en 1981, Engelland se unió a un combinado dopado por jugadores estadounidenses que Ron Jacobs, reputado entrenador llegado de la universidad de Loyola Marymount, reclutaba con la idea de naturalizarlos de cara a las competiciones FIBA de finales de década. Allí Chip viviría sus años más felices como jugador, eclosionando en una noche inolvidable en la que endosó 43 puntos a la selección de Estados Unidos para ganar la Williams Jones Cup de 1985. Un torneo fuera de la organización de FIBA dado a luz por la Asociación de Baloncesto de Taipei Chino.
Tres años que pasaron volando le bastaron a Chip para cimentar su fama como uno de los mejores tiradores de la historia del baloncesto filipino. Ni siquiera tuvo tiempo de recibir la nacionalidad cuando la explosión definitiva de la Revolución del Poder Popular tomó Manila para derrocar al vigente régimen. Ni sus conexiones con el baloncesto filipino ni los posteriores años rebotando entre equipos amateurs de la extinta CBA (precursora de la actual G League) terminaron construyendo el futuro de Engelland. Después de tanta vuelta, el californiano iba a tener el extraño honor de ser profeta en su tierra.
Mentor del mejor Antes de Duke, de Filipinas y de todo el infrabaloncesto, Arthur fue la atracción semanal del acomodado barrio angelino de Palisades en sus días de instituto. Desde las gradas del Pacific Palisades High School, un jovencito Steve Kerr se preparaba para heredar el estrellato de un jugador con quien compartía don. En la mesa, anotaba sus canastas la chica con la que salía por aquel entonces, una atolondrada Jeanie Buss que aún no se sabía la heredera de un imperio. Terminados sus días como alfarero del tiro, ahora sí tocaba ser mentor.
La academia Chip Shots abrió sus puertas en el área de Chicago en 1993 como un campus que ayudaba a jugadores de todas las edades a mejorar su desempeño en el lanzamiento. Engelland pronto se vio absorbido por el mundo de las mentorías como conferenciante y consultor. Y de repente, las fronteras que la NBA le había cerrado una década atrás, se le abrieron de par en par cuando Kerr volvió a llamar a su puerta. Para un tirador, cualquier alteración mínimamente negativa en sus porcentajes puede ser una señal.
Por mucho que estos sigan estando muy por encima de la media. Kerr había llegado a los Bulls en 1993 después de estar a punto de quedarse fuera de la liga tras una temporada desastrosa. Sus minutos en Cleveland sufrieron un descenso abrupto, afectando a su confianza y provocando su temprano traspaso a Orlando apenas comenzada la temporada 92-93. Después de promediar un bárbaro 47% en sus tres primeros años, registró un 23,1% desde el triple intentando menos de un lanzamiento por encuentro entre sus estancias en Ohio y Florida.
Aterrado por lo cerca que había visto el fin de sus días a la NBA, el escolta concertó una cena con Engelland. El antes ídolo y ahora docente convenció al todavía hoy tirador más preciso de la historia de que las bases de su lanzamiento eran férreas, introduciendo únicamente un cambio casi imperceptible en su mecánica que bien sirve para resumir la atención al detalle que le han convertido en leyenda. “Fue muy sutil, pero antes de trabajar con Chip, el balón salía más de mi dedo corazón que de mi índice”, contaba Kerr a Grantland (ESPN) en 2014. “Me enseñó a ensanchar mi mano hacia fuera lo suficiente para involucrar más a mi dedo índice”. El mantra de Engelland con cada muchacho en etapa de formación, jugador de Duke o profesional que se ponía en sus manos era el mismo. Encontrar un punto en el que estos sintiesen el tiro como una zona de confort porque surgiese como extensión natural del resto de su juego.
Su primera obra magna, como un gran proyecto de arquitectura, fue Grant Hill. Con el entonces escolta de los Pistons, Chip Engelland sí tuvo que ir a los cimientos. Al punto de llevarle a uno de sus campus, rodeado de chavales que no levantaban un palmo del suelo, viendo cómo un cuatro veces All-Star realizaba una rutina de tiro por la que ellos mismos habían llevado a cabo como base de su aprendizaje. “Estar ahí con mi mano detrás de la espalda en el Franklin Racquet Club con niños de 7 años rodeándome, lanzando tiros a una mano desde la línea de puntos al lado de la canasta fue embarazoso”, le contaba a Detroit Free Press en abril de 1999. “Lo peor es que, las primeras veces, ni siquiera podía convertir ese tiro. Fue un proceso en el que rompí por completo mi equilibrio, mi forma y mi mecánica.
Hay veces que debes tragarte tu orgullo un poco”. Engelland y Hill comenzaron a trabajar juntos en septiembre de 1998, limando su selección de tiro y porcentajes desde el midrange ostensiblemente y, como consecuencia, aumentando en casi 3 puntos porcentuales su tiro de campo efectivo (de 45,3 a 47,9%). Al final de la temporada, Detroit le firmó un contrato para ser consultor de tiro oficial de los Pistons, incrementando de nuevo el acierto del All-Star hasta que su tobillo comenzó a tropezar para no volver a ser el mismo . A Shane Battier le pilló a tiempo para no perder a uno de los primeros y más sofisticados moldes de 3&D que ha dado el siglo centrando el balón en su fase de recepción y carga.
Mudó la perfección de las bombas de Tony Parker a su suspensión para que comprendiese dónde debía ir la palma de la mano previa al soltado. Convirtió los lanzamientos tras la cabeza de Kawhi Leonard en ensayos de impulso frontal para transformarlo en una máquina de productiva eficiencia ofensiva. Seguramente recomendado por Ime Udoka, quien fue su pupilo en los Spurs, Engelland enfrenta en Houston Rockets a un animal bicéfalo. No ha habido sesión de entrenamiento en grupo que no termine con trabajo individual extra para Alperen Sengün y Amen Thompson.
La idea no es convertirlos en dos grandes tiradores, sino que sientan el tiro como una parte legítima de su juego, ayudándoles a afrontar ciertas situaciones con mayor confianza y recursos disponibles. Si la amenaza es suficiente para que las defensas no le floten, el físico de Thompson sería un arma aún más imparable de lo que es hoy. Si poder armar el lanzamiento con seguridad desde cualquier contexto permite a Sengün poder jugar más situaciones de cara al aro y no acudir al poste como refugio, quizás veamos algún día al jugador que sus cualidades prometen. Incluso una mejora sustancial en los tiros libre ya sería un paso adelante especialmente en el caso del turco (69% el curso pasado y por debajo del 70% en su carrera).
Engelland se ha reservado los comentarios sobre el trabajo en las formas de lanzamiento de sus nuevos alumnos. Jackson Gatlin, periodista que sigue la actualidad de los Rockets, incide en que han comenzado a trabajar hace poco y que la paciencia será clave. Seguramente, haya que esperar un tiempo para saber de primera mano qué matices ha introducido en sus morfologías al tiro. De momento, solo podemos escudriñar pistas en los vídeos de entrenamiento y los pocos partidos de pretemporada que han disputado: La muestra es ínfima, con Sengün firmando un 0/4 en triples en dos partidos y Amen un 1/5 en tres encuentros.
La mejora, o no, solo será palpable con el paso de los partidos y, sobre todo con Thompson, no debería ser realista verle en porcentajes de tirador promedio cuando apenas ha superado el 20% en tres años de carrera. En principio, la idea debería ser alinear el codo de Sengün y hacer que la fase de carga llegue con las piernas a la anchura de los hombros. Con Amen, hacer que su mecánica sea un movimiento continuo de forma consistente y reducir su tendencia al tiro tras bote a piernas abiertas. Encomiarse a Chip Engelland para lograr esa mejora marginal que no permite el espacio salarial habla más de la necesidad de los Houston Rockets que del propio Chip Engelland.
Por cuyas manos han pasado cientos de jugadores sin que conozcamos más de una docena de casos exitosos, cada uno con su contexto particular. Empleado desde 2022 por Oklahoma City Thunder, el Doctor del Tiro no logró hacer sostenible a Josh Giddey en playoffs. No hizo que los valles de confianza de Chet Holmgren desde el tiro desaparecieran. Lu Dort ha bajado del 39% al 30% en triples en apenas dos postemporadas.
Milagros a Lourdes. Lo que sí indica su aterrizaje en la franquicia texana es el All-In de los Rockets en este grupo de jugadores al menos para las próximas temporadas. Y que si no es con Engelland, tocará deducir que el tiro nunca formará parte intrínseca del juego de Thompson y Sengün. (Fotografía de portada de Houston Rockets/X)