Warner Bros. Leer en la aplicación Ayer me metí en el cine en plena Fiesta del Cine, con las salas absolutamente desbordadas y un ambiente vibrante, para enfrentarme a una de las propuestas más singulares y arriesgadas que ha parido el cine de superhéroes reciente: Clayface (o Cara de Barro, como siempre lo hemos conocido en las ediciones españolas de los cómics de DC). Tras el fenómeno de Joker , la factoría comiquera vuelve a apostar por un relato de orígenes centrado exclusivamente en un villano, pero con una diferencia sustancial: estamos ante la primera película de género de terror auténtico en la historia del cine de superhéroes . Una cinta con calificación R en Estados Unidos por su violencia explícita y, muy especialmente, por abrazar sin complejos el body horror.
No es casualidad que esta producción vea la luz en este momento. La puerta de entrada para que un gran estudio se atreva con semejante nivel de gore la abrió recientemente La sustancia . Aquella película demostró que el terror corporal extremo, lejos de quedar relegado a los márgenes del circuito independiente, podía convertirse en un rotundo hito comercial, arrasar en taquilla y acaparar nominaciones y premios. Gracias a ese precedente, los directores y productores han encontrado vía libre para elevar el tono y apostar por transformaciones físicas brutales.
En Clayface , el horror nos impacta directamente a través de la carne: la mutación física del protagonista es el verdadero motor del pavor y de la tragedia . El proyecto cuenta con un trasfondo creativo fascinante. Su génesis nace de la obsesión de Mike Flanagan , quien escribió el argumento inspirándose directamente en aquel mítico díptico de la serie animada de Batman de los años noventa centrado en el trágico actor Matt Hagen. Aunque en la pequeña pantalla Cara de Barro era un antagonista habitual en Gotham City, aquí el Caballero Oscuro ni siquiera asoma la capa; se trata de una obra completamente autónoma e independiente, desvinculada del universo compartido de Batman y de las turbulencias de una franquicia que históricamente ha lidiado con cimientos frágiles .
Flanagan, ocupado en una infinidad de proyectos simultáneos, no pudo sentarse en la silla de director, dejando el testigo en manos del realizador británico James Watkins . Watkins, nacido en Nottingham en 1978, no es un recién llegado a las tinieblas. Quienes amamos el cine de género recordamos con auténticos escalofríos su sobrecogedora Eden Lake (2008), una de las piezas más implacables y desasosegantes del terror contemporáneo. Aunque más tarde probó suerte en el cine gótico de sustos con La mujer de negro -protagonizada por Daniel Radcliffe- y en la acción comercial con Bastille Day , Watkins demuestra aquí que conserva ese pulso firme para manejar el desasosiego y la violencia descarnada.
Una propuesta de serie B sin complejos con un protagonista impecable Gran parte de la eficacia de la película recae en el acierto de su reparto. Durante meses sonaron nombres de primer nivel para interpretar a este monstruo de barro, incluido el propio Daniel Radcliffe, pero la elección final de Tom Rhys Harrie s es impecable. El actor británico, a quien vimos en The Gentlemen , posee una presencia física singular: es atractivo y esbelto, pero al mismo tiempo transmite algo escurridizo, incómodo y reptiliano . Ese magnetismo perturbador encaja como un guante en una propuesta que bebe del espíritu de la serie B.
Cuando las prótesis, el maquillaje y los efectos entran en juego para descomponer su rostro y su anatomía, la interpretación de Harries sostiene el peso dramático de una metamorfosis tan espeluznante como hipnótica. Clayface mira fijamente a dos pilares monumentales de la historia del cine fantástico: Darkman de Sam Raimi y La mosca de David Cronenberg. Del clásico de Raimi toma prestada esa fascinación por el cambiaformas, el juego de suplantación de identidades y la fabricación de rostros ajenos, aunque la puesta en escena de Watkins carece de la vibrante caligrafía visual y el dinamismo puramente comiquero de Raimi, asemejándose en ocasiones a la estética funcional de un piloto televisivo de alto presupuesto. Por su parte, la sombra de Cronenberg se proyecta sobre el paulatino desmoronamiento psíquico y biológico del personaje: a medida que su cuerpo se desintegra en una masa informe, su mente se quiebra irremisiblemente, desencadenando una espiral de asesinatos crudos y sangrientos donde se palpa la impronta siniestra de Flanagan.
Clayface no es una obra maestra impoluta. Padece de ciertas tosquedades narrativas, desajustes evidentes en su ritmo y resoluciones de guion que habrían agradecido un mayor refinamiento. Sin embargo, en un Hollywood donde el cine de terror se ha consolidado como el territorio más fértil y estimulante de toda la industria actual, es muy digno de aplauso que DC se haya despojado de ataduras para entregar una serie B violenta, salvaje y sin complejos .