Científicos han creado un brazo robótico que se mueve sin motores ni electricidad. Su secreto está en unas algas que cobran vida con la luz

Científicos han creado un brazo robótico que se mueve sin motores ni electricidad. Su secreto está en unas algas que cobran vida con la luz

Imagina un pequeño brazo robótico sumergido en agua. No tiene cables, engranajes ni motores eléctricos. Tampoco necesita baterías para mover sus articulaciones. Sin embargo, cuando recibe luz, comienza a doblarse lentamente hasta conseguir sujetar una diminuta esfera metálica.

Después, cuando desaparece la iluminación, recupera su forma y termina soltándola. Lo más sorprendente es que no existe ningún mecanismo oculto. El movimiento procede de unas algas microscópicas que viven sobre el propio robot. La tecnología ha sido desarrollada por investigadores de la Universidad Tecnológica de Delft, en Países Bajos , y representa una aproximación poco habitual a la robótica : en lugar de imitar el funcionamiento de los organismos vivos mediante componentes electrónicos, utiliza directamente sus procesos biológicos para producir movimiento.

El trabajo, publicado el 22 de octubre de 2026 en Nature Communications , demuestra que la fotosíntesis puede convertirse en una fuente de accionamiento mecánico. Y aunque el dispositivo todavía es extraordinariamente pequeño, su funcionamiento plantea posibilidades interesantes para las máquinas del futuro. Un brazo robótico que utiliza algas vivas en lugar de motores eléctricos Prototipo de brazo robótico blando desarrollado por investigadores de la Universidad Tecnológica de Delft. El dispositivo utiliza microalgas vivas que responden a la luz y provocan cambios químicos en un hidrogel, permitiendo que se doble sin necesidad de motores eléctricos. © Studio Oostrum.

El dispositivo mide aproximadamente dos centímetros de largo y está fabricado con dos capas de hidrogel, un material flexible capaz de absorber grandes cantidades de agua. Sobre su superficie crecen microalgas de la especie Chlamydomonas reinhardtii, organismos unicelulares que utilizan la luz para realizar la fotosíntesis. La clave está en que la actividad de estas algas modifica las condiciones químicas de su entorno. Cuando reciben iluminación, sus procesos metabólicos elevan el pH local.

Una de las capas del hidrogel responde expandiéndose, mientras que la otra apenas cambia de tamaño. Como ambas permanecen unidas, esa diferencia provoca que el conjunto se doble. Al apagar la luz, las algas continúan respirando y liberan dióxido de carbono. El pH disminuye, el material cambia de volumen y el brazo comienza a recuperar su posición.

Según explica la Universidad Tecnológica de Delft , esta reacción permite controlar movimientos reversibles sin recurrir a motores convencionales. La fotosíntesis no funciona aquí como un músculo. Las algas alteran la química del material y el hidrogel transforma esa modificación en movimiento. Lo pusieron a prueba con una esfera metálica y consiguieron que la levantara Para demostrar que el mecanismo podía realizar algo más que doblarse, los investigadores construyeron una pinza flexible con cuatro dedos.

Cuando recibía luz, la estructura se cerraba alrededor de una esfera metálica hueca de nueve milímetros de diámetro y apenas 18,4 miligramos de masa. Al permanecer a oscuras, volvía a abrirse y liberaba el objeto. Otro prototipo consiguió levantar una anilla de goma de 52,5 miligramos. También desarrollaron una pequeña flor artificial cuyos pétalos se abrían con la iluminación y se cerraban en la oscuridad.

Pero existe una limitación considerable: estos movimientos son muy lentos. Marie-Eve Aubin-Tam, investigadora de la Universidad Tecnológica de Delft, muestra uno de los diminutos brazos robóticos desarrollados por su equipo. El dispositivo combina microalgas fotosintéticas e hidrogeles sensibles a cambios químicos para producir movimientos controlados mediante la iluminación. © Studio Oostrum. El material comienza a reaccionar entre diez y veinte segundos después de cambiar la iluminación, pero completar curvaturas importantes requiere horas.

La flor artificial, por ejemplo, necesitaba unas cinco horas para abrirse. Los experimentos también mostraron que el sistema conservaba su respuesta a la luz después de 60 días en el mismo medio de cultivo, lo que sugiere que las células pueden mantener su actividad durante periodos prolongados. Una máquina parcialmente viva que podría cambiar el futuro de la robótica La investigación forma parte de un campo conocido como robótica biohíbrida , que combina materiales artificiales con células vivas para desarrollar nuevas funciones. Sus posibles aplicaciones incluyen mecanismos submarinos capaces de manipular objetos delicados, materiales que cambien de forma según la iluminación o pequeños dispositivos utilizados en laboratorios.

Sin embargo, todavía quedan obstáculos importantes. El prototipo necesita agua, nutrientes y condiciones adecuadas para mantener vivas las algas. Su fuerza es reducida y su lentitud impide utilizarlo actualmente como sustituto de un brazo robótico industrial. Tampoco significa que funcione sin energía: obtiene la necesaria para su accionamiento de la luz, mientras que la iluminación artificial empleada en el laboratorio sí requiere electricidad.

Aun así, el descubrimiento introduce una idea fascinante. Durante décadas, los científicos han construido máquinas inspiradas en músculos, animales y plantas. Ahora están explorando sistemas que no se limitan a reproducir la naturaleza, sino que incorporan organismos vivos como parte de su funcionamiento. Este brazo robótico no piensa, no tiene conciencia y apenas puede levantar objetos microscópicos.

Pero demuestra que una máquina puede moverse gracias al metabolismo de unas algas. Y quizá ahí esté lo más extraordinario: el futuro de algunos robots podría depender menos de motores y circuitos, y más de aprender a trabajar con la vida misma.

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