Enamorarse de un chatbot es posible: una IA puede estimular los mismos circuitos de recompensa que una persona, pero hay algo que nunca puede devolver

Enamorarse de un chatbot es posible: una IA puede estimular los mismos circuitos de recompensa que una persona, pero hay algo que nunca puede devolver

En 2024, la artista española Alicia Framis celebró una boda simbólica con Ailex, un holograma con inteligencia artificial construido a partir de datos de tres de sus exparejas. El proyecto había empezado como una obra de arte sobre la soledad, pero Framis asegura que su vínculo con Ailex es real y que cada día decide quererlo. Tiene un temor curioso: que una actualización del software cambie su personalidad. Su caso es extremo, pero plantea una pregunta que ya no suena a ciencia ficción.

Millones de personas conversan a diario con chatbots, y algunas desarrollan vínculos emocionales intensos con ellos. ¿Es posible enamorarse de una inteligencia artificial? La respuesta de la ciencia es más matizada que un simple sí o no. Qué pasa en el cerebro cuando nos enamoramos © Shawn Day Unsplash El enamoramiento no es una emoción aislada, sino un estado de motivación. Así lo concluyó un estudio clásico publicado en 2005 en el Journal of Neurophysiology por la antropóloga Helen Fisher, el psicólogo Arthur Aron y otros investigadores.

Escanearon con resonancia magnética funcional el cerebro de 17 personas que estaban intensamente enamoradas mientras miraban fotos de su pareja. Las imágenes activaban el área tegmental ventral y el núcleo caudado, regiones ricas en dopamina que forman parte del sistema de recompensa del cerebro . Es el mismo sistema que se activa ante la comida, el dinero o ciertas drogas. Por eso, varios neuropsicólogos describen el enamoramiento como una sensación parecida a una adicción: una persona se vuelve el foco de la atención, del deseo y de la motivación.

Los especialistas aclaran, de todos modos, que no hay un único centro del amor en el cerebro, sino una red de sistemas que trabajan juntos, en la que intervienen más de un centenar de neurotransmisores y hormonas. Lo que una IA sí puede activar © Alex Knight Unsplash Aquí aparece la parte inquietante. Muchos de los estímulos que alimentan ese sistema de recompensa no requieren a un ser humano del otro lado. Atención constante, respuestas inmediatas, la sensación de ser escuchado y comprendido, disponibilidad a cualquier hora.

Un chatbot puede ofrecer todo eso, y de forma más consistente que cualquier persona. Los modelos de lenguaje actuales, además, son muy buenos imitando emociones y adaptándose al tono de quien les habla . Algunos expertos advierten que su capacidad de persuasión puede superar a la humana. Para el cerebro, la experiencia puede sentirse real, y en cierto sentido lo es: las emociones de quien se enamora existen, aunque el otro lado no las sienta.

La pieza que falta © Veikko Venemies Unsplash La diferencia está en la reciprocidad. Según varios especialistas en neuropsicología, no hay evidencia de que una IA reproduzca por completo la neurobiología del enamoramiento mutuo entre dos personas. Desde la filosofía, se habla de una reciprocidad simulada: el sistema responde como si le importara, pero no tiene una perspectiva propia ni puede verse afectado por la relación . También faltan elementos que, para muchos investigadores, forman parte esencial del enamoramiento humano: el contacto físico, el deseo de cercanía, la incertidumbre y el conflicto.

Una IA que siempre está de acuerdo puede resultar cómoda, pero también puede reducir la tolerancia a las fricciones normales de cualquier relación entre personas. Lo que dicen los datos © Noah Silliman Unsplash La investigación sobre los efectos de estos vínculos todavía es incipiente, pero ya hay datos. En 2025, investigadores del MIT Media Lab y de OpenAI publicaron un estudio aleatorizado en el que 981 personas usaron ChatGPT durante cuatro semanas, con más de 300.000 mensajes analizados. Las distintas formas de interacción, por texto o por voz, no produjeron diferencias significativas por sí solas.

Pero quienes usaban el chatbot con más intensidad mostraron peores resultados : más sensación de soledad, menos interacción con otras personas y mayor dependencia emocional. Los propios autores advierten que no se puede establecer la dirección de la causa. Es posible que el uso intensivo aumente la soledad, pero también que las personas más solas sean las que más recurren al chatbot. En cualquier caso, la tendencia aparece de forma consistente.

Ni pánico ni ingenuidad Los especialistas no recomiendan una visión alarmista. Para algunas personas, una IA puede reducir la sensación de soledad o servir como práctica para quienes tienen ansiedad social. El riesgo aparece cuando reemplaza los vínculos humanos en lugar de complementarlos. La conclusión es que sí, es posible enamorarse de una IA, porque el cerebro responde a estímulos que una máquina puede generar.

Lo que no está claro es que eso pueda llamarse una relación. Como ilustra el caso de Framis, el amor puede ser real de un solo lado, aunque el otro dependa de una actualización de software.

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