Rodar una película puede marcar la carrera de un actor, tanto para bien como para mal. Hay intérpretes que han salido escaldados de rodajes de ensueño, como Shelley Duvall en El resplandor, a quien Stanley Kubrick atormentó día sí y día también, o Charlize Theron en Mad Max: Furia en la carretera, donde vivió momentos de tensión con Tom Hardy. Sin embargo, esta vez hablamos de Russell Crowe y de cómo el intérprete neozelandés cambió su forma de ver la profesión hace más de 25 años, cuando se puso en la piel de Máximo Décimo Meridio en Gladiator. La película no solo lo convirtió en una estrella internacional y le dio el Oscar al mejor actor, sino que también supuso un punto de inflexión personal para el intérprete.
Estrenada en el año 2000 y dirigida por Ridley Scott, Gladiator recaudó 465 millones de dólares en todo el mundo y ganó cinco premios Oscar, incluido el de mejor película. Su historia de venganza en la antigua Roma y su puesta en escena, junto con la actuación de Crowe, el componente duro y violento de la película y la banda sonora de Hans Zimmer, la convirtieron en una de las grandes películas del nuevo milenio. Sin embargo, detrás de los aplausos hubo un rodaje mucho más complicado de lo que podría parecer desde fuera. Russell Crowe recuerda cómo Gladiator cambió su vida Durante una visita al Mediterrane Film Festival de Malta con motivo del 25.º aniversario de la película (vía FilmStarts), Crowe recordó que aquel rodaje fue una experiencia completamente distinta a todo lo que había vivido hasta entonces.
Si bien Scott no descubrió a un actor desconocido, sino que fichó a un intérprete que llevaba una década ganándose el reconocimiento de la crítica con películas como Proof, El dilema (The Insider, 1999) o L.A. Confidential, ninguna había sido tan exigente física y emocionalmente como Gladiator. "Es curioso decirlo, pero me convertí en un hombre en Malta. Todo lo que había rodado antes no tenía la magnitud, la ambición, el presupuesto ni, en última instancia, la trascendencia de Gladiator", explicó el actor. También reconoció que tuvo que defender cada día la integridad de su personaje, una lucha que, en cierto modo, reflejaba la del propio Máximo en la película. "A veces, uno tiene la suerte de participar en algo que realmente llega al corazón de la gente y cambia su vida", añadió el neozelandés.
Es más, el intérprete acompañó estas declaraciones con una anécdota curiosa de su viaje. Poco antes del festival, se encontró con un socorrista maltés que reaccionó de forma muy emotiva al conocerlo y quiso explicarle hasta qué punto Gladiator había influido en su vida. Según contó Crowe, el hombre le relató que su madre le puso la película cuando tenía ocho años y que aquel primer visionado le hizo darse cuenta, a tan corta edad, de una cosa: Máximo era la clase de persona en la que esperaba convertirse. Es decir, alguien leal, honorable y con un sentido del deber muy férreo. "Me dijo: 'Si alguna vez te preguntas qué clase de hombre quiero que seas, quiero que seas exactamente así.
Un hombre con honor, integridad y fe. Un hombre que se hizo a sí mismo en Malta'", recordó Crowe.