En su momento me pareció tirar el dinero, ahora me he vuelto a comprar este manga de ciencia ficción y os lo recomiendo si os gusta Mad Max

En su momento me pareció tirar el dinero, ahora me he vuelto a comprar este manga de ciencia ficción y os lo recomiendo si os gusta Mad Max

Recuerdo haber comprado Grey cuando llegó por primera vez a España de la mano de Planeta DeAgostini, en junio de 1992, cuando los kioscos empezaban a llenarse de manga y aquello todavía tenía algo nuevo y extraño para quienes estábamos descubriendo el mundo de las viñetas japonses. Llegaba junto a otros títulos tan potentones como El Pequeño de la Estrella del Norte y aquellas buenas 350 pesetazas que costaba me parecían entonces un auténtico pastón. Con ese dinero podía haberme comprado los tebeos de Los Nuevos Guerreros y X-Men del mes y todavía habría arañado algo de la paga para unos chicles Boomer. Pero pasé religiosamente por el aro, me llevé Grey a casa y me encontré con un manga que, sencillamente, me arrepentí.

Me pareció feo, bastante soso, pero en realidad es que no lo había entendido. Más de tres décadas después acabo de comprarme un tomazo recopilatorio con toda la serie y la sensación ha sido completamente distinta. Ahora veo lo que Yoshihisa Tagami estaba intentando hacer con aquella historia y entiendo por qué esta obra ha conservado un pequeño pero extraordinariamente fiel ejército de admiradores. Porque Grey no era otro manga de de guerras futuristas, aunque tuviera soldados, máquinas de combate, explosiones y un protagonista capaz de sobrevivir a prácticamente cualquier cosa.

Era una historia de ciencia ficción oscura sobre una sociedad construida alrededor de la guerra, la desigualdad y una promesa de ascenso social que escondía una trituradora de seres humanos. Y sí, si os gusta la saga Mad Max, probablemente tengáis aquí una de esas pequeñas joyas que merece la pena rescatar del fondo de la estantería. La guerra como ascensor social Publicado originalmente en Japón entre 1985 y 1986, Grey apareció en las páginas de Monthly Shōnen Captain, de Tokuma Shoten, y planteaba un futuro situado en el año 2588 en el que la Tierra se ha convertido prácticamente en un desierto. Los océanos han desaparecido y los supervivientes viven agrupados en ciudades numeradas controladas por ordenadores llamados Little Mamas, conectados a una inteligencia central conocida como Big Mama.

La población está dividida entre los privilegiados Ciudadanos y la mayoría empobrecida, conocida simplemente como Gente. La única manera de escapar de la miseria consiste en alistarse como soldado y jugarse la vida en las guerras entre ciudades para acumular créditos y ascender de rango. Grey lucha porque está enfadado con todo y porque quiere sobrevivir en un sistema diseñado para que la gente como él muera El protagonista es Grey, un soldado que ha adquirido el sobrenombre de Grey, El Dios de la Muerte, porque tiene la desagradable costumbre de ser el único superviviente cuando todos sus compañeros de escuadrón acaban convertidos en cadáveres. Lo interesante es que Tagami no lo presenta como un héroe destinado a salvar a nadie, sino como un tipo endurecido, furioso y prácticamente desprovisto de esperanza.

La muerte de Lips, su novieta, que también se alistó para escapar de la pobreza, termina de alimentar una rabia que no responde a un ideal noble. Grey lucha porque está enfadado con todo y porque quiere sobrevivir en un sistema diseñado para que la gente como él muera. Muy punk y muy adolescente eso. Y ahí está precisamente una de las ideas más interesantes del manga: la meritocracia es una trampa cuando las reglas están diseñadas para que casi nadie pueda ganar.

Tagami utiliza además las guerras entre ciudades para hablar de algo bastante más interesante que un simple conflicto entre buenos y malos. Big Mama mantiene el enfrentamiento porque la propia humanidad ha demostrado una y otra vez su capacidad para destruirse, hasta el punto de que la inteligencia artificial interpreta esa pulsión autodestructiva como una característica esencial de nuestra especie. Y ojo, que hablamos de algo escrito a mediados de los años 80… El caso es que no estamos ante una máquina que odia a los humanos al estilo de tantas historias de ciencia ficción, sino ante algo bastante más inquietante: una máquina que observa nuestras tendencias y decide facilitar aquello que nosotros mismos parecemos querer hacer. Mientras tanto, Grey va perdiendo progresivamente amigos, partes de su cuerpo y hasta su propia humanidad, convirtiéndose en una especie de máquina de guerra que ya no sabe cómo detenerse.

La estética de Grey era extraña, pero ahí estaba buena parte de su personalidad Una de las cosas que explica que aquel Grey de los kioscos pudiera parecerme tan raro es precisamente su dibujo. Tagami tenía una forma muy particular de separar a los seres humanos de todo lo que los rodeaba. Las máquinas, vehículos, armas y escenarios están dibujados con un nivel de detalle extraordinario, mientras que los personajes presentan rostros mucho más caricaturescos, con ojos enormes y esas narices alargadas y puntiagudas que siguen siendo probablemente lo primero que muchos lectores recuerdan de la obra. Es un contraste extraño, pero también tremendamente personal.

Cuando era más joven simplemente veía personajes feos metidos en un mundo de máquinas que parecían mucho más interesantes que ellos. Ahora entiendo que esa contradicción forma parte del lenguaje visual de Tagami. Cuando era más joven simplemente veía personajes feos metidos en un mundo de máquinas que parecían mucho más interesantes que ellos El autor también trabajaba con un uso muy agresivo del blanco y el negro, reduciendo el protagonismo de las tramas grises para convertir el desierto en un lugar abrasador, hostil y casi incómodo de mirar. Y aquí aparece otra conexión evidente con Mad Max: ese futuro de chatarra, violencia, vehículos imposibles y supervivientes condenados a pelear por recursos tiene una energía muy similar a la del cine postapocalíptico que marcó aquella época.

Tagami mezclaba además influencias del manga clásico de Osamu Tezuka y Mitsuteru Yokoyama con la ciencia ficción occidental y el cine de acción. El resultado es una obra que puede parecer heredera de la distopía más occidental, como le ocurre a AKIRA, pero es algo meramente estético, porque termina desarrollando una identidad propia, muy japonesa, difícil de confundir. Con todo, no es un manga demasiado conocido en occidente. Una de las grandes historias alrededor de Grey ocurrió cuando el manga llegó a Estados Unidos en 1988 de la mano de Viz Comics.

En una época en la que el manga todavía era una rareza en Occidente, la editorial publicó la obra adaptándola al formato de cómic americano y contando con un prólogo escrito por el escritor de ciencia ficción Harlan Ellison. El autor de No tengo boca y debo gritar comparó las ideas de Tagami con su propia tradición de ciencia ficción dura y encontró en Big Mama una reflexión especialmente interesante sobre una humanidad atrapada por sus propios impulsos destructivos. Para una obra japonesa que todavía tenía que abrirse camino en un mercado occidental que apenas empezaba a descubrir el manga, aquello suponía un respaldo considerable. Pero no cuajó.

En España, Grey apareció precisamente en uno de aquellos momentos en los que parecía que cualquier manga podía convertirse en el siguiente gran fenómeno, si bien no estaba claro debido a qué. Las editoriales todavía andaban explorando los gustos de los potenciales consumidores para llamar la atención de un tipo de lector más maduro que el fan de Dragon Ball. Planeta DeAgostini publicó nueve entregas entre 1992 y 1993, coincidiendo con aquella explosión provocada por el fenómenos del anime de la época y el creciente interés por todo lo que llegaba de Japón. Lo curioso es que, pese a haber llegado relativamente pronto a Occidente, Grey nunca terminó de convertirse en una franquicia masiva.

Y quizá ahí esté parte de su encanto actual: fue uno de esos títulos que llegaron antes de tiempo y que muchos lectores descubrieron, como yo, cuando todavía no tenían las herramientas necesarias para entenderlos. Por qué Grey no fue otro Puño de la Estrella del Norte La comparación con El Puño de la Estrella del Norte resulta inevitable porque ambos mangas compartían páramos devastados, violencia extrema y protagonistas capaces de enfrentarse a ejércitos enteros. Pero Kenshiro podía funcionar como héroe popular mientras que Grey era, deliberadamente, mucho más incómodo. Donde El Puño de la Estrella del Norte ofrecía una épica reconocible, personajes carismáticos, una violencia gráfica desbordante y una aventura que podía prolongarse durante decenas de volúmenes, Tagami construyó una historia corta y cerrada en apenas tres arcos argumentales.

No había demasiado espacio para convertir a Grey en una figura de merchandising ni para prolongar indefinidamente sus aventuras. Su historia tenía un principio, una caída y un final, y Tagami parecía bastante más interesado en llegar hasta él que en mantener la máquina editorial funcionando. Kenshiro podía funcionar como héroe popular mientras que Grey era, deliberadamente, mucho más incómodo También jugó en su contra la ausencia de una serie de anime que mantuviera vivo al personaje en millones de hogares. Grey: Digital Target llegó en 1986 como una película de animación de unos 75 minutos producida por Magic Bus y Tokuma Japan, pero la adaptación tuvo que comprimir una cantidad enorme de material.

El resultado perdió parte del desarrollo de personajes y también sustituyó los peculiares diseños de Tagami por una estética más convencional. Críticos como Helen McCarthy han reivindicado posteriormente la película por la inteligencia de sus ideas, aunque también se han señalado sus problemas de ritmo y desarrollo. Cuatro décadas después, Grey sigue teniendo algo que decir Quizá lo más interesante de Grey sea que ha conseguido sobrevivir precisamente gracias a aquello que le impidió convertirse en un fenómeno. Su brevedad, su dibujo extraño, su protagonista poco amable y su pesimismo absoluto no eran precisamente las mejores herramientas para conquistar al gran público adolescente de los ochenta.

Pero también son las razones por las que hoy resulta tan reconocible. La obra ha influido incluso fuera del manga: el músico australiano Lawrence English utilizó Grey como inspiración para su álbum Approach, publicado en 2022, recuperando aquella atmósfera de desolación y rabia que le había acompañado desde que leyó el manga durante su adolescencia. Y ahora, con la recuperación de Grey en una edición integral de 608 páginas, resulta mucho más fácil volver a encontrarse con él. Quizá algunos lectores descubran exactamente lo mismo que yo cuando lo compré por primera vez: que no es un manga bonito, cómodo ni especialmente interesado en caer bien.

Pero también es una obra que ha envejecido de una forma curiosa porque muchas de sus preguntas siguen resultando sorprendentemente actuales. ¿Qué ocurre cuando una sociedad convierte la pobreza en combustible para la guerra? ¿Qué sucede cuando una máquina comprende mejor nuestros impulsos destructivos que nosotros mismos? Y, sobre todo, ¿cuánto puede perder una persona antes de dejar de ser aquella que empezó la historia? Ahora tengo claro que aquellas 350 pesetas no fueron dinero tirado. Simplemente me hicieron falta unos cuantos años para entender qué demonios había comprado. ¿Y tú qué opinas? ¿Conocías este manga? ¿Vas a darle una oportunidad?

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