Centroamérica, 205 años de independencia: lo que une más allá de las fronteras

Centroamérica, 205 años de independencia: lo que une más allá de las fronteras

Fabrizio Casari (*) El Aniversario de los 205 años de la independencia centroamericana llega en un momento en el que hablar de identidad regional significa ir más allá de la memoria histórica. El 15 de septiembre de 1821 pertenece a la historia, pero limitarse a las celebraciones vinculadas al pasado sería reductivo. Porque las preguntas que aquella fecha sigue planteando son sorprendentemente actuales: ¿hasta qué punto están realmente separadas unas sociedades que comparten lengua, geografía, historia y redes económicas? ¿Y cuánto puede contar, en el mundo de hoy, la capacidad de coordinar sus propias decisiones? Obvio que Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica son Estados distintos, con trayectorias políticas y económicas diferentes.

Sin embargo, observar la región únicamente a través de cada uno de los Estados corre el riesgo de ofrecer una imagen incompleta. Es cierto que son países que han construido con el tiempo identidades nacionales reconocibles e instituciones diferentes. Sus respectivas economías presentan características distintas y sus experiencias políticas tampoco son comparables entre sí. Pero sus interdependencias siguen siendo profundas y transversales.

La separación política de los Estados no ha borrado las conexiones construidas durante los siglos anteriores. Porque Centroamérica es, ante todo, un espacio de interdependencia. Y es precisamente sobre estas conexiones donde se juega una parte importante del futuro de la región. A 205 años de la independencia, la pregunta más interesante no es únicamente qué ha cambiado desde 1821.

La presencia de las civilizaciones indígenas, la colonización española, las posteriores migraciones y los intercambios a lo largo del istmo han producido un patrimonio cultural común que todavía hoy atraviesa las fronteras. Esta pluralidad es importante, porque impide reducir la idea de Centroamérica a una simple herencia colonial compartida. La región es, más bien, el resultado de diferentes estratos históricos y, precisamente por ello, presenta una identidad compleja. Pues bien, en tiempos en los que parece que las identidades nacionales se han convertido en la clave ideológica de cada país, Centroamérica puede representar una síntesis eficaz, una sólida unión entre identidad nacional y regional.

Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica seguirán siendo países diferentes: sus sociedades han desarrollado sus propios caminos y no existe una única experiencia centroamericana. Pero identidad nacional y pertenencia regional no son necesariamente alternativas. Se puede ser guatemalteco, salvadoreño, hondureño, nicaragüense o costarricense y, al mismo tiempo, reconocer la existencia de intereses comunes con los países vecinos. Quizá el punto más interesante sea entender que la integración no exige la eliminación de las identidades nacionales.

Esta es la lectura más útil del legado de 1821: no intentar reconstruir una unidad política del pasado, sino comprender qué formas de cooperación son posibles en el presente. Legitimidad histórica y jurídica Centroamérica no es solo esa estrecha franja de tierra bañada por dos océanos. No es el puente imaginario entre el Norte y el Sur de América. Ya no es un botín que saquear, ni aquella tierra hostil y aislada que aparece en el centro de relatos políticamente incorrectos, basados en la construcción de una realidad que se pretende describir utilizando las lentes deformadas de la emergencia.

No es, ciertamente, un eslabón de unión entre dos bloques: tiene legitimidad histórica y jurídica, tiene historia y tradiciones, tiene proyectos de crecimiento y ambiciones de avanzar juntos en la dirección correcta: la de la pluralidad. En las últimas décadas se han logrado avances significativos en la cooperación regional. Las instituciones regionales han sido fundamentales para promover la cooperación y los intercambios políticos, económicos y culturales, basados en el respeto, la democracia y el desarrollo. Pero cuando se habla de integración regional, el riesgo es concentrarse exclusivamente en las instituciones y en los acuerdos políticos.

Sin embargo, una parte significativa de la integración centroamericana ya existe en la vida económica y social. Más allá de los comunicados oficiales, las personas se desplazan, las mercancías atraviesan las fronteras, las empresas operan en varios países y las familias mantienen relaciones transnacionales. Las comunidades migrantes han creado redes que conectan territorios incluso muy alejados entre sí. Este proceso presenta, naturalmente, dificultades.

Las diferencias normativas, las infraestructuras todavía insuficientes, los costes logísticos y las distintas condiciones económicas limitan el potencial de los intercambios regionales. Precisamente por ello, la cooperación no debería considerarse únicamente un ideal político. Puede ser una herramienta pragmática para reducir algunos de estos obstáculos.