Por Xavier Villar Sus cálculos estratégicos, su proyección regional y su capacidad de continuar imponiendo su voluntad política están fuertemente cuestionados y nada indica que esto se vaya a revertir en el futuro. En primer lugar, hay que tener claro que Israel no tiene una política exterior al uso, solamente tiene una política securitaria. Es decir, toda su política sirve casi exclusivamente para garantizar su seguridad. Y esto es así desde el mismo momento de la fundación de Israel y precisamente por la manera en que se llevó a cabo.
Israel nace como una colonia de asentamiento en Palestina y, por lo tanto, es incapaz de borrar esa violencia inaugural y, del mismo modo, es incapaz de olvidar que las violencias coloniales, de manera permanente, acechan al propio ocupante colonial hasta el final de sus días. De aquí surge la necesidad securitaria israelí. Como un intento por asegurar una dominación regional, mediante la expansión y el control territorial, que le da las garantías que ningún asentamiento colonial ha tenido en la historia. La dominación militar regional que se produce después de 1967, siempre con el apoyo explícito de los Estados Unidos, es la materialización de esa estrategia.
Desde 1967 Israel no ha sufrido ninguna amenaza seria a su soberanía colonial. Esto incluye, también, lo ocurrido en 1973, cuando Egipto atacó a tropas israelíes con el objetivo de recuperar la península del Sinaí. A pesar de la guerra, el principal objetivo egipcio no era destruir Israel ni liberar a los palestinos, era simplemente recuperar un territorio que había sido ocupado por el estado colonial en una de sus múltiples expansiones territoriales. Todo esto cambia el 7 de octubre.
Con el ataque de HAMAS, que supuso el primer gran momento de crisis desde 1967, el estado colonial israelí puso en marcha dos estrategias distintas. Una destinada a los palestinos, que consistió en desatar un genocidio cuyo objetivo final era eliminar a la población nativa, y otra, con una vocación regional. Esta última buscaba crear una región unipolar en la que Israel se convirtiese en el polo central indiscutible, con un Irán "domesticado" (bien mediante un cambio de régimen o bien desatando una guerra civil) y unos países árabes completamente alineados con su proyecto. Además, seguía contando con el apoyo absoluto de los Estados Unidos a todos los niveles (político, económico, diplomático...), porque Israel funciona como un tema doméstico en la política estadounidense, no como un simple tema de política exterior.
El genocidio tuvo una clara repercusión a nivel mundial. Más y más países ven a Israel como un estado paria, similar a la Sudáfrica del apartheid, completamente deslegitimado. Es cierto que la protección de los Estados Unidos impidió que se aplicasen sanciones económicas, pero esa protección no pudo alcanzar la percepción que el estado colonial tiene actualmente entre los propios estadounidenses. Una encuesta de opinión pública publicada la semana pasada provocó conmoción en buena parte del establishment de la política exterior de Estados Unidos que sigue de cerca Oriente Medio.
La encuesta mostró que el 60 % de los adultos estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel. En ambos partidos políticos, más de la mitad de las personas menores de 50 años valoran negativamente a Israel. Aunque esta tendencia ya se había hecho evidente durante los últimos años, se observa ahora un deterioro adicional y muy marcado del apoyo a Israel entre los estadounidenses de todo el espectro político. Los datos adicionales dibujan un panorama aún más preocupante.
La tendencia general a la baja oculta un desplome de la valoración de Israel entre los estadounidenses más jóvenes, incluso entre grupos que muchos en Israel consideran bastiones fiables de apoyo. La guerra contra Irán supuso la confirmación de las peores pesadillas estratégicas israelíes. A pesar del asesinato de varios líderes, entre ellos el ayatolá Ali Jamenei, Irán no colapsó, y eso era lo que esperaban los israelíes. Le aseguraron a Trump que bastarían tres o cuatro días de bombardeos para que la República Islámica cayera.
Esperaban que hubiera un cambio de régimen o que el país se sumiría en una guerra civil, que seguramente era la opción preferida por Tel Aviv. Pero eso no ocurrió. Las instituciones sobrevivieron y pasaron a la ofensiva. Los misiles iraníes lograron penetrar repetidamente el célebre sistema de defensa aérea israelí, alcanzando el corazón de Israel y objetivos a lo largo y ancho del país, paralizándolo y causando un número de bajas sin precedentes, además de una destrucción masiva.
Esto, junto con la incapacidad para lograr ninguno de los objetivos, supuso otra victoria para Irán. Los misiles iraníes alcanzaron sus objetivos; la imagen de Irán no quedó empañada, la mayor parte del mundo lo veía como víctima de un ataque israelí y estadounidense, y las opciones de Irán para responder no quedaron limitadas. Además de la derrota en el campo militar, Israel se enfrenta a una reconfiguración política regional distinta a la que había diseñado hace solo unos años. El mejor ejemplo de esta pérdida de poder regional se puede visualizar en la actual postura de las monarquías del Golfo respecto a los llamados Acuerdos de Abraham.
El objetivo estratégico era que los dos pilares de la política estadounidense en la región, los países árabes e Israel, se uniesen en un solo bloque contra un enemigo común: Irán. Arabia Saudí, la pieza más codiciada, se apartó de la normalización con Israel y no solamente eso. La guerra contra Irán, y la posterior respuesta iraní contra las bases estadounidenses en la región, expuso la debilidad de la protección que Washington desplegaba en la región para proteger a sus aliados. Esto explica el pacto securitario entre saudíes, turcos y pakistaníes.
El intento israelí por reescribir el balance regional derrotando o debilitando a Irán fracasó. Israel depende aún más de Estados Unidos, los Acuerdos de Abraham están muertos, Hezbolá sigue ahí y, por si fuera poco, Irán no solo no fue derrotado, sino que ahora está marcando el tono de la región. Por otro lado, los países del Golfo han reconocido que su alianza con Estados Unidos y sus posibles acuerdos con Israel los pone en mayor peligro del que los protege.