"Siempre tres tumbas": En 1897, Lafcadio Hearn escribió sobre una de las supersticiones más macabras de Japón para engañar a la muerte

"Siempre tres tumbas": En 1897, Lafcadio Hearn escribió sobre una de las supersticiones más macabras de Japón para engañar a la muerte

En cierto momento de su historia, a Japón le pareció que perder a dos personas de la misma familia durante el mismo año se quedaba corto. Con el miedo a que llegase una tercera, se inició una suerte de superstición que se adelantaba a los acontecimientos: "Siempre tres tumbas". Por aquello de adelantar faena, se pusieron a cavar la tercera antes de que fuese necesario. En 1897, las habladurías niponas saltan al estrellato de la mano de Lafcadio Hearn, que escribe sobre el caso de una niña de 11 años que había perdido a su padre por una enfermedad y que, apenas ocho días después de enterrarlo, su madre corrió la misma suerte.

Los vecinos sabían cómo solucionar aquella situación con un ritual que había que hacer inmediatamente, pero el hermano de la cría fue posponiendo el proceso y, poco después, él cayó también. "Siempre tres tumbas". En Japón, siempre tres tumbas El truco que los vecinos guardaban bajo la manga consistía en construir un ningyō-no-haka. Junto a las otras dos tumbas, levantarían una tercera y hasta colocarían una lápida con el kaimyō, el nombre budista que los japoneses dan a los fallecidos. Bajo tierra, dentro del ataúd, los gusanos iban a pasar hambre, porque lo que habría en su interior sería un muñeco de paja.

Lejos de quedarse en la anécdota de un pueblo perdido de la mano de Buda, distintas recopilaciones de historias similares que datan desde 1933 hasta 1956 recogen la práctica con métodos similares. Si una familia perdía a dos personas el mismo año, metían un muñeco de paja en un ataúd para evitar la tercera muerte. La idea, que en realidad se arrastra desde hace siglos con la intención de engañar a cualquier mal, no solo a la muerte, planteaba que se usasen muñecos de papel o madera para cargar con las impurezas o desgracias de una persona antes de quemarlas o echarlas al mar, planteando así con ese ritual que el vivo quedaría libre de esas cargas. La práctica de las tres tumbas va bastante de la mano, salvo que en este caso la idea era acabar con el peor mal de todos: si había que enterrar a otra persona más, mejor que fuese de mentira.

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