David Gross, Nobel de Física: "Las probabilidades de que la humanidad viva 50 años más son muy bajas". Una advertencia que recuerda los futuros más oscuros de la ciencia ficción

David Gross, Nobel de Física: "Las probabilidades de que la humanidad viva 50 años más son muy bajas". Una advertencia que recuerda los futuros más oscuros de la ciencia ficción

David Gross, Nobel de Física en 2004, vuelve a colarse estos días en los titulares con unas declaraciones que en realidad son de abril. En una entrevista con Live Science le preguntaron si veremos una teoría que unifique las fuerzas en los próximos 50 años, y respondió que lo dudoso es que sigamos aquí para verlo. Su cuenta, que él mismo llama tosca, sitúa en un 2% anual el riesgo de guerra nuclear, el doble que tras la Guerra Fría, y nos deja unos 35 años de vida como especie. Y a dos días del 23 de octubre, la fecha de la Gran Guerra en Fallout, la cosa tiene su rollo.

Reconozco que me ha tocado la fibra. En un mundo ideal, a mí me encantaría disfrutar de la inmortalidad, o al menos de una vida muy, muy larga, que me dejara ver los avances de la ciencia, del arte y de todo lo bueno que tiene el ingenio humano. Claro que, tal como está la cosa, me siento un poco como Mafalda: "paren el mundo, que me quiero bajar". Además, en un planeta con recursos limitados, tal vez lo de tener mucha gente viviendo mucho tiempo no sea la mejor de las condiciones para ese mundo idílico del que me gustaría disfrutar.

Vivir para siempre nunca sale gratis Desde que la Aurora pidió para Titono la inmortalidad y se le olvidó añadir la juventud, la eternidad viene con condiciones, y la ciencia ficción y la fantasía lleva décadas revisando una y otra vez sus consecuencias. No voy a entrar en el tema de los vampiros, pero os recomiendo Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013) de Jim Jarmusch. En Los hijos de Matusalén (Methuselah's Children, 1941), Heinlein, el de Starship Troopers, imaginó a las Familias Howard, longevas a base de casarse entre ellas. Zardoz (1974), la rareza que John Boorman rodó cuando se le cayó su proyecto de adaptar El Señor de los Anillos, apuntaba a otra pega a esto de la lengevidad.

Sus Eternos están tan aburridos de no morir que algunos acaban catatónicos. Sean Connery repetiría con el tema de la inmortalidad en, claro, Los inmortales (Highlander, 1986), donde lo duro no era vivir siglos, sino ver envejecer a quien quieres y sobrevivirlos. Con todo lo que queda por leer y por ver, dudo que yo llegara a aburrirme. El problema es que no cabemos todos Mi miedo es otro, y el género también lo tiene estudiado.

La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976) cuadraba los recursos de su futurista ciudad bajo la cúpula eliminando a todo el mundo a los 30 años en el Carrusel. In Time (2011), de Andrew Niccol, el de Gattaca, convertía los minutos de vida en moneda: todos dejan de envejecer a los 25, reciben un año de margen y el resto hay que ganárselo. Y en la trilogía marciana de Kim Stanley Robinson el tratamiento de longevidad, que en la Tierra solo pueden pagarse los ricos, acaba siendo una de las chispas de la guerra en un planeta superpoblado. De propina, con los siglos falla la memoria, que para mí sería lo peor de todo.

Vamos, que o tiempo de vida, o población, o recursos. Las tres cosas no pueden ser, como también vemos en Cuando el destino nos alcance (mundialmente conocida como Soylent Green). Y claro, si hablamos de competir por los recursos, hablamos de la saga Mad Max. Yo no quiero vivir en el futuro de Mad Max.

En casi todas estas historias, vivir para siempre es cosa de ricos. Los que hayáis visto Altered Carbon recordaréis a los Meths, que hacen copia de seguridad de su conciencia cada 48 horas y viven por encima de las nubes, mientras abajo hay padres que no pueden pagarle un cuerpo nuevo a su hija. En general, la respuesta que ha dado la ciencia ficción a este problema no es nada optimista, y que un premio Novel tenga razón no debería sorprendernos, así que ahí queda la advertencia…

¿Te gustó esta nota? Compártela: