El imperio de Live Nation, odiado por los fanáticos de la música, corre riesgo de desintegrarse

El imperio de Live Nation, odiado por los fanáticos de la música, corre riesgo de desintegrarse

Bloomberg. — Por fuera, el club nocturno Crowbar, en Tampa, Florida, nunca tuvo demasiado atractivo: un edificio bajo, con las ventanas cubiertas de pintura, en un barrio donde las gallinas asilvestradas deambulan por calles de ladrillo. La magia ocurría puertas adentro. Durante 20 años, la única sala de Crowbar, con capacidad para 300 personas, fue un lugar donde escuchar a artistas desconocidos antes de que se hicieran famosos o ver a músicos populares en espectáculos más íntimos. Por su escenario pasaron artistas tan diferentes como la banda de rock OK Go, el cantante de música country Kenny Chesney y la intérprete de indie pop Chappell Roan.

Allí también perfeccionó sus habilidades una generación de raperos locales. El 31 de julio, Crowbar cerró sus puertas definitivamente, acorralado por el aumento de los costos y por el elefante en la habitación de cualquier debate sobre los conciertos en Estados Unidos: Live Nation Entertainment Inc. El gigante, que posee y opera estadios y clubes en varios países, gestiona el mayor servicio de venta de entradas de Estados Unidos y administra las carreras de músicos, planea abrir su propio recinto en las cercanías. Para el último espectáculo de Crowbar, el rapero Talib Kweli viajó desde Nueva York y compartió el escenario con artistas locales de hip hop.

En todo el país, unos 480 recintos independientes y 240 festivales de música cerraron desde 2020, y otros 160 bajaron sus persianas en lo que va del año, según la National Independent Venue Association, una asociación del sector. Aunque la pandemia de Covid-19 y el fuerte aumento de la inflación contribuyeron a esta situación, también lo hizo el poder de mercado de Live Nation, según Tom DeGeorge, propietario de Crowbar, y otros empresarios independientes. Les cuesta competir con una compañía valuada en US$40.000 millones, capaz de orientar a los artistas para que actúen en determinados recintos y eviten otros, mientras ejerce un control considerable sobre los precios de las entradas a través de su filial Ticketmaster. Este año, el gobierno de Donald Trump acordó resolver mediante un acuerdo una causa por monopolio contra Live Nation, semanas después de que el CEO de la compañía se reuniera con el presidente.

La empresa niega que haya existido interferencia política. Disconforme con el acuerdo, un grupo de estados continuó con el litigio y en abril obtuvo un fallo histórico de un jurado que determinó que la compañía había monopolizado ilegalmente el mercado de los eventos en vivo. Ahora, esos estados quieren que un juez federal adopte la inusual medida de ordenar la división de la empresa. Los propietarios de clubes independientes y muchos músicos sostienen que es la única forma de restablecer el equilibrio en el mercado. “Si Live Nation no fuera el monopolio que es, creo que todos nuestros recintos independientes tendrían muchas más posibilidades de prosperar”, dijo DeGeorge en una entrevista. “Cuando aparece una sola entidad que controla todo el océano, nadie más puede nadar”.

El juez federal Arun Subramanian, de Nueva York, que supervisa la causa y tendrá la última palabra sobre una eventual división de la compañía, incumplió a fines de julio el plazo que se había fijado para resolver la solicitud de Live Nation de anular el veredicto del jurado. Tres meses después, todavía no tomó una decisión ni programó los próximos pasos del proceso. Live Nation, que planea apelar el veredicto, afirmó en una declaración escrita enviada a Bloomberg que la industria del entretenimiento en vivo está fragmentada y es competitiva. Según la compañía, su presencia en distintos segmentos del sector le permite invertir en el ecosistema musical en su conjunto y apoyar a los artistas. “Los recintos pequeños suelen operar con márgenes reducidos y, cuando enfrentan las presiones económicas más amplias que vemos hoy, algunos fracasan”, señaló la empresa. “Pero también hay inversiones importantes en nuevos recintos pequeños.

Live Nation no es dominante. La gran mayoría de los espectáculos que promovemos se realizan en lugares que no son de nuestra propiedad: el año pasado fueron más de 5.000”. El alcance de Live Nation va mucho más allá de Ticketmaster Ticketmaster probablemente sea la parte más conocida de Live Nation. Gestiona las entradas de aproximadamente el 86% del mercado de conciertos de Estados Unidos y es la mayor operadora de venta de entradas del mundo.

Sin embargo, la empresa matriz y sus numerosas filiales también dominan segmentos de la música en vivo que, en gran medida, pasan inadvertidos para los fanáticos. Con sede en Beverly Hills, California, Live Nation opera en 55 países de Europa, Asia, Australia y América Latina. Aunque América del Norte es su mayor mercado, en los últimos años la compañía concentró esfuerzos en su expansión internacional, que ahora representa el 43% de sus ingresos. El año pasado organizó casi 20.000 conciertos fuera de Estados Unidos y Canadá y sumó su primer recinto en América del Sur —el estadio Vive Claro, en Bogotá, Colombia— a una red internacional de más de 127 escenarios y 130 festivales de música que opera.

Solo en Estados Unidos, posee u opera cientos de recintos, entre ellos clubes, salones de baile y teatros, además de 42 de los 50 principales anfiteatros del país. También tiene participaciones en festivales populares como Lollapalooza y Bonnaroo. Como el mayor promotor de conciertos de Estados Unidos, Live Nation también ayuda a los artistas a decidir dónde y cuándo actuar. Es propietaria de decenas de empresas de representación artística, entre ellas Vector Management —que representa, entre otros, a Hank Williams Jr. y a la banda de rock Our Lady Peace— y Roc Nation, de Jay-Z.

La compañía también posee marcas de merchandising y ropa urbana, agencias de marketing e incluso la editorial de las publicaciones musicales Brooklyn Vegan, Alternative Press, Revolver y Goldmine. En agosto, esa editorial, Veeps, despidió a gran parte del personal editorial de las cuatro publicaciones. La decisión sorprendió a muchos, que desconocían que Live Nation o Veeps —originalmente una plataforma de transmisiones en vivo creada por dos integrantes de la banda Good Charlotte— fueran sus propietarios. Aunque Live Nation incluye a Veeps entre sus filiales en las presentaciones ante organismos gubernamentales, en una declaración enviada a Bloomberg la empresa se describió como inversora en esa compañía y sostuvo que no opera esas publicaciones ni toma decisiones editoriales sobre ellas.

En ocasiones, incluso los propios integrantes de la industria dicen no saber cuándo están tratando con Live Nation. En julio, la cantante británica Ellie Goulding demandó a sus antiguos representantes y los acusó de ocultar sus vínculos con la compañía mientras la orientaban hacia sus recintos para realizar giras. Los abogados de los exrepresentantes negaron las acusaciones y afirmaron que Goulding conocía la relación con Live Nation. La compañía señaló que no era parte de la demanda y declinó hacer comentarios. “Son literalmente dueños de todos los aspectos” de la música en vivo, afirmó Lynn Schwarz, copropietaria de Bottom of the Hill, un club independiente de San Francisco. “Gestionan la venta de entradas.

Se llevan una parte de las ventas de merchandising. Y los precios de sus entradas son astronómicos”. La empresa sostiene que en 2023 adoptó una política para dejar de cobrar una comisión sobre las ventas de merchandising de los artistas en sus clubes. Schwarz y sus socios buscan vender el recinto, que la revista Rolling Stone describió en una ocasión como el mejor lugar de la ciudad para escuchar bandas.

Aunque la decisión no fue consecuencia directa de Live Nation, dijo: “Sentimos que están ahí, esperando entre bambalinas a que fracasemos”. Los clubes independientes luchan por recuperarse La música en vivo atraviesa una etapa de transformación desde 2020, cuando la pandemia obligó a cerrar durante meses miles de clubes y salas de conciertos. Con su supervivencia en juego, los establecimientos independientes consiguieron que el Congreso aprobara ayudas para el sector. Más de 4.800 recintos y promotores de todo Estados Unidos recibieron subvenciones por US$6.100 millones, según la Administración Federal de Pequeñas Empresas.

Los establecimientos propiedad de grandes empresas no podían acceder al programa. Live Nation se recuperó rápidamente. Sus ingresos superaron los US$25.000 millones el año pasado, frente a los US$11.500 millones de 2019. El resultado operativo ajustado, la medida de ganancias que la compañía prefiere utilizar, alcanzó los US$2.400 millones en 2025.

Los recintos independientes, en cambio, tuvieron dificultades para recuperarse. Una encuesta realizada por NIVA reveló que el 64% no fue rentable en 2024. Dentro de ese grupo, el 22% informó que tenía dificultades para mantenerse abierto. Franz Nicolay, tecladista de la banda de rock The Hold Steady, afirmó que los clubes y las salas de conciertos independientes son fundamentales para las bandas que recién empiezan. “Son los que nos dan nuestros primeros conciertos.

Son los que trabajan con nosotros cuando podemos convocar a 100 personas”, dijo. “Necesitás esa parte de la infraestructura para tener un ecosistema musical saludable”. La reducción de los espacios independientes también dificulta que los artistas negocien condiciones favorables para sus giras, señaló Joey La Neve DeFrancesco, guitarrista y cantante de la banda punk Downtown Boys. “Hay muchísimos mercados en los que literalmente la única opción es tocar en un recinto de Live Nation”, afirmó DeFrancesco. “Como artista, tenés menos poder de negociación, incluso con un agente de contratación, para conseguir buenos acuerdos si solo estás negociando entre recintos de Live Nation”. Las consecuencias no se limitan a cuánto dinero gana un artista, agregó DeFrancesco, quien ayudó a fundar United Musicians and Allied Workers, una organización que representa a unas 19.000 personas. Según explicó, Live Nation también suele imponer cláusulas territoriales restrictivas, conocidas como radius clauses, que impiden a los músicos actuar en una ciudad cercana después de haberse presentado en un festival.

La compañía rechazó la idea de que domine en determinadas localidades y sostuvo que los artistas tienen muchas opciones para elegir dónde tocar, sobre todo en las grandes ciudades. Sin embargo, pocos artistas de renombre se han mostrado dispuestos a criticar públicamente a Live Nation. Esto podría deberse a que, en algunos aspectos, las grandes figuras se benefician de su posición monopólica, afirmó Nicolay. La compañía puede ofrecer garantías más elevadas —el dinero que se le promete al artista que recibirá por una gira— que sus competidores.

Además, su control tanto de los recintos como de la promoción de conciertos simplifica la organización de las giras. “Pueden comprar toda tu gira y encargarse de absolutamente todo”, dijo Nicolay, quien en mayo declaró ante el Congreso sobre las prácticas de Live Nation en representación de la organización sin fines de lucro Future of Music Coalition. “Eso tiene cierto atractivo”. La causa antimonopolio y el intento de evitar la división La creciente preocupación por el poder de mercado de la compañía llevó al Departamento de Justicia de Estados Unidos y a más de 30 estados a demandar a Live Nation en 2024 por monopolización. La causa sacó a la luz conversaciones internas de uno de los directivos de la división de venta de entradas, quien se jactaba de aumentar los precios que pagaban los fanáticos por el estacionamiento y otros servicios en un anfiteatro de Tampa administrado por Live Nation. “Los estamos desplumando por completo, bebé”, dijo el directivo de venta de entradas. “Así es como hacemos las cosas”. Live Nation respondió que los comentarios provenían de un empleado de nivel inferior que ya no trabaja en la compañía y que “no reflejan nuestra cultura empresarial, nuestra forma de operar ni cómo hablamos de los fanáticos”.

Sin embargo, el Departamento de Justicia acordó llegar a un arreglo con Live Nation apenas una semana después del comienzo del juicio. La decisión se produjo después de que el CEO Michael Rapino se reuniera con el presidente Donald Trump, aunque la compañía aseguró que no se discutieron las condiciones del acuerdo. El gigante de la música también contrató a varias personas cercanas al presidente para que lo ayudaran a resolver la causa. Entre ellas estaban Kellyanne Conway, directora de la campaña presidencial de Trump en 2016; Richard Grenell, asesor de larga data que ahora integra el directorio de Live Nation; y un abogado que representó a Trump en los tribunales.

Live Nation sostuvo que el acuerdo propuesto, que todavía requiere la aprobación judicial, debe evaluarse por sus propios méritos. “No buscamos la intervención del presidente Trump en las negociaciones del acuerdo, y cualquier insinuación de que fue resultado de una interferencia política es incorrecta”, afirmó la empresa. En virtud del acuerdo, Live Nation dejaría de obligar a los recintos a utilizar exclusivamente sus servicios de venta de entradas. También desarrollaría tecnología para permitir que sus competidores se integren con Ticketmaster, de modo que varias plataformas puedan vender entradas para un mismo evento. Muchos de los estados y propietarios de recintos involucrados en la demanda consideraron insuficientes las condiciones y decidieron continuar con el litigio.

En abril, un jurado federal de Nueva York concluyó que la compañía mantenía varios monopolios ilegales, entre ellos uno basado en impedir que otros promotores alquilaran sus anfiteatros. El jurado también determinó que Live Nation cobraba de más por las entradas. La empresa niega las acusaciones y planea apelar. Los estados sostienen que solo una división de Live Nation y Ticketmaster permitirá resolver el problema.

También quieren obligar a Live Nation a vender algunos de sus recintos y limitar sus futuras adquisiciones. NIVA, que no participó en la demanda pero presentó observaciones sobre el acuerdo propuesto, quiere que la compañía se desprenda de su división de representación de artistas. “Mientras una sola empresa controle los espectáculos, las entradas y la representación de los artistas, siempre podrá inclinar la cancha a su favor”, dijo David Weingarden, vicepresidente de conciertos y eventos de Z2 Entertainment, de Colorado. Tampoco participó en la demanda, pero presentó observaciones sobre el acuerdo. Live Nation rechazó las acusaciones de que deriva negocios hacia los recintos que utilizan Ticketmaster y sostuvo que los comentarios de sus competidores buscan favorecer sus propios intereses comerciales o tergiversan las condiciones del acuerdo.

Se espera que el juez Subramanian decida el destino de Live Nation en los próximos meses, cuando se pronuncie tanto sobre el acuerdo propuesto como sobre la solicitud de los estados de dividir la compañía. Tampa, el próximo frente de la disputa Aunque Live Nation no posee actualmente recintos musicales en Tampa, influye de una u otra manera en todos ellos. Por ejemplo, los principales espacios de la ciudad utilizan Ticketmaster para vender entradas para conciertos. Entre ellos están el Raymond James Stadium, sede de los Buccaneers de la Liga Nacional de Fútbol Americano; el Benchmark International Arena, donde juega el equipo de hockey Tampa Bay Lightning; y el Yuengling Center, de la Universidad del Sur de Florida.

Ahora, Live Nation planea abrir un recinto musical con capacidad para 4.300 personas a pocas cuadras de Crowbar, en el barrio de Ybor City, donde funcionó durante años el club nocturno. Conocida en el pasado como la capital mundial del cigarro, Ybor City fue fundada en 1886 como un suburbio de Tampa y pronto se convirtió en el hogar de inmigrantes cubanos, españoles e italianos que trabajaban en las fábricas de cigarros. Después de que el embargo estadounidense a las importaciones cubanas acabara con esa industria, el barrio se transformó gradualmente en un refugio para artistas atraídos por los alquileres baratos. Sin embargo, algunas huellas de su pasado siguen presentes, entre ellas las gallinas que deambulan libremente y descienden de las aves de corral que criaban en sus patios los trabajadores de las fábricas.

DeGeorge llegó a Ybor City desde Atlanta, donde había trabajado durante varios años como gerente general de un histórico cine reconvertido en sala de música. Fundó Crowbar en 2006 y se convirtió en una figura emblemática del barrio. Con su uniforme de jeans, una musculosa de Crowbar que deja al descubierto sus brazos cubiertos de tatuajes y una barba gris abundante, es difícil no reconocerlo. Incluso una breve caminata por Ybor lleva tiempo, porque los vecinos se detienen para saludarlo o darle un abrazo.

Según relató DeGeorge, durante la pandemia comprendió que Crowbar no podría sobrevivir a largo plazo. Tras solicitar un préstamo, llegó a un acuerdo con el propietario del edificio para extender el contrato de alquiler hasta 2026. Así podría celebrar el vigésimo aniversario del club y cerrar en sus propios términos. Más adelante, el dueño le ofreció una nueva extensión del contrato, pero DeGeorge decidió terminar en lo más alto y programó espectáculos casi todas las noches antes del cierre.

Aunque el proyecto de Live Nation contempla un recinto más grande, DeGeorge sostuvo que su diseño permitiría cerrar sectores y organizar espectáculos que compitan directamente con los establecimientos más pequeños. Además, gracias a sus múltiples líneas de negocio, la compañía puede asumir pérdidas en un concierto y compensarlas con ingresos de otras actividades, algo que los propietarios de clubes pequeños no pueden hacer. DeGeorge espera que los vecinos logren convencer a las autoridades municipales de bloquear el proyecto de Live Nation. “Si los recintos pequeños siguen cerrando, toda la industria se va a derrumbar”, afirmó. “Somos la rosa que crece entre el cemento. Somos esa red de apoyo para los artistas más pequeños que terminan tocando en esos grandes escenarios”.

Live Nation sostiene que Tampa necesita más salas de conciertos de tamaño mediano y que su proyecto beneficiará a la comunidad musical local, en lugar de perjudicarla. “Tampa sigue teniendo una oferta insuficiente de música en vivo en comparación con ciudades de tamaño similar, y una de sus necesidades son recintos medianos de alta calidad”, afirmó la compañía. “Estos proyectos son, sin lugar a dudas, positivos para la escena musical de Tampa”. Lea más en Bloomberg.com

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