«Era un muchacho con una actividad extraordinaria. Era un artista natural. Le gustaba imitar mucho las canciones de Polo Montañés. Tenía un carisma especial, disfrutaba trabajar y socializar», relata el fundador de este proyecto comunitario que desde hace 13 años promueve la inclusión social de personas con discapacidad intelectual, sensorial y física en el municipio habanero de Guanabacoa.
La iniciativa trabaja además por el desarrollo de la cultura cubana, la educación ambiental, la salud mental y la promoción de la agricultura familiar en pequeños espacios, al tiempo que desarrolla talleres científicos en escuelas primarias y secundarias. Sin embargo, como muchos otros proyectos sociales del país, Granjita Feliz también enfrenta las consecuencias del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos; política que Martos define como un «nudo gordiano», difícil de desatar incluso para quienes la sostienen. Muchos han intentado presentar el bloqueo como algo lejano, pero para Granjita Feliz tiene rostros, nombres e historias concretas. A lo largo de los años, los miembros del proyecto también han acompañado a varios niños y adolescentes diagnosticados con cáncer, y han vivido de cerca las dificultades para acceder a tratamientos y tecnologías más avanzadas. «Tuvimos jóvenes que necesitaron prótesis internas específicas.
Como no siempre fue posible obtener las más adecuadas, enfrentaron hospitalizaciones prolongadas y posteriormente otras secuelas derivadas de soluciones que no eran las idóneas», recordó. Entre las historias más devastadoras que conserva figura la de una joven que, pese a sufrir la amputación de una pierna a causa del cáncer, logró graduarse de Ingeniería Industrial antes de fallecer por complicaciones de la enfermedad. Estas experiencias forman parte de una realidad que también ha afectado directamente al propio Martos, quien sufre deterioro visual debido a las dificultades para acceder a determinados lentes oftalmológicos que el país no puede adquirir con facilidad. Para Elizabeth «Lisy» Frómeta, esposa de Darío y una de las impulsoras del proyecto, Granjita Feliz representa una combinación de sensibilidad y fortaleza. «Sensibilidad porque apostamos por la inclusión de personas con discapacidad intelectual, sensorial y física; y fortaleza porque hemos pasado por muchos vendavales y seguimos sembrando flores por donde pasamos», expresó.
Frómeta considera que una de las mayores recompensas es reencontrarse con niños y jóvenes que pasaron por el proyecto y conservan recuerdos entrañables de ese espacio. En cuanto a la actual escasez de medicamentos, confiesa que resulta muy doloroso que muchas de las personas del grupo no puedan acceder a la medicación indicada; a ello se suman las dificultades en el transporte, que imposibilitan la llegada de muchos a las actividades. Según comentó, estas limitaciones repercuten directamente en la estabilidad emocional de las personas vinculadas al proyecto, quienes extrañan a sus amigos, los espacios de intercambio y las experiencias compartidas durante años. «Para Granjita ha sido duro. Hemos apostado por las alianzas y eso nos ha permitido conseguir algunos medicamentos, especialmente para los integrantes de la brigada artística Sueños Conquistados y sus madres, muchas de las cuales superan los 60 años», señaló.
La iniciativa también cuenta con la agrupación coral Amor a la Vida, integrada por adultos mayores de entre 78 y 93 años, así como con una red de patios felices en la que personas de la tercera edad cultivan alimentos o crían animales de corral en pequeños espacios domésticos. Lejos de renunciar a sus metas, sus fundadores sueñan con extender por toda La Habana, e incluso por otras provincias del país, una metodología que integra agricultura, cultura y educación ambiental como herramientas para impulsar el desarrollo local y la inclusión social. Su aspiración es que la sociedad reconozca cada vez más a las personas con discapacidad por sus capacidades, su potencial y sus aportes cotidianos, y no como una carga para sus familias. También desean multiplicar experiencias como la brigada artística Sueños Conquistados en todos los consejos populares de la capital y ampliar los huertos comunitarios que sostienen parte de sus actividades; pero para ello se necesitan recursos materiales y muchísima más sensibilidad humana.
Para Darío y Lisy, el mayor reconocimiento, más allá de los numerosos premios nacionales e internacionales obtenidos, está en continuar alimentando la esperanza de estas personas especiales y sus familias, y contribuir a su bienestar espiritual. Ojalá medidas como el bloqueo no sigan coartando sus acciones de amor. mem/mpp