Por Xavier Villar El jefe del Ejército pakistaní, Asim Munir, y el jefe de los servicios de inteligencia turcos, Ibrahim Kalin, se unieron al ministro de Defensa saudí, el príncipe Jalid bin Salman, en Teherán para mantener reuniones con altos cargos iraníes, entre ellos el responsable de seguridad nacional, Mohsen Rezai, y el presidente Masud Pezeshkian. La reunión tuvo lugar en un momento de gran tensión en la región, ante las crecientes especulaciones sobre la posibilidad de que el presidente Donald Trump ordene nuevos ataques contra Irán después de las elecciones de mitad de mandato de la próxima semana. También supone el primer contacto de alto nivel entre Irán y Arabia Saudí desde que Ansarolá intensificase sus ataques contra objetivos saudíes el mes pasado. El hecho de que estos representantes, que recientemente han firmado el conocido como «Acuerdo de la Meca», hayan viajado a Teherán pone de manifiesto que los estados de Asia Occidental reconocen no solo la legitimidad del sistema político iraní, sino también el papel de Irán como actor regional central y su capacidad para influir en los acontecimientos.
El mensaje es claro: no es posible configurar un nuevo orden securitario y político, uno que tenga en cuenta el momento post-estadounidense, ignorando a Irán. El Acuerdo de la Meca se interpretó como un intento colectivo de Arabia Saudí de desenvolverse en el orden regional posterior a la hegemonía estadounidense. Al mismo tiempo, sin embargo, y como sostiene Joseph Massad, «el Acuerdo de la Meca no es más que la última expresión de una política estadounidense que se remonta a los primeros años de la Guerra Fría y cuyo objetivo es preservar los regímenes prooccidentales existentes, a su patrocinador estadounidense y a su aliado tácito, Israel». Ambas lecturas no se contradicen.
Arabia Saudí ha comprendido que el paraguas de seguridad estadounidense ya no es suficiente ni fiable. Sin embargo, en un plano más ontológico, el país sigue interpretando el mundo a través de las categorías de la occidentalidad. En un contexto marcado por la posibilidad de una reanudación de los enfrentamientos entre Irán y Estados Unidos, estas reuniones adquieren una especial relevancia. Los estados de la región saben que podrían pagar un precio muy elevado por una nueva escalada, principalmente debido a los daños que sufrirían las infraestructuras energéticas, los puertos y las rutas comerciales.
En este sentido, y volviendo a la idea de la centralidad iraní en un momento post-estadounidense, Irán afirmó por boca de Ali Baqeri Kani, subsecretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, que la visita formaba parte de los esfuerzos por llevar a la práctica «la idea de una seguridad endógena en Asia Occidental». Para Irán esta ha sido una reivindicación histórica: la necesidad de que la región alcance acuerdos de seguridad y diplomáticos de manera autónoma y sin presión de terceros países, en particular de Estados Unidos, vistos como fuente de inseguridad e inestabilidad. Como señaló a la agencia IRNA el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Esmail Baqai: «Insistimos en que la seguridad regional solo puede garantizarse si se tienen en cuenta las consideraciones de seguridad de los propios países de la región». Los acontecimientos de los últimos dos años, añadió, especialmente los últimos ocho meses, habían demostrado que una estabilidad sostenible solo sería posible mediante «la construcción de confianza y la cooperación entre los países de la región».
Por este motivo, entre los asuntos de la agenda figuraban cuestiones regionales como Yemen, Líbano, Palestina, la seguridad del Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. Uno de los posibles resultados de esta cumbre podría ser el reconocimiento de las preocupaciones de Irán y de los acuerdos que Teherán busca establecer en el estrecho de Ormuz, como el concertado con Omán. Arabia Saudí, Turquía y Pakistán son plenamente conscientes de los límites del poder militar de Estados Unidos: incluso una nueva campaña de gran envergadura no eliminaría a la República Islámica, pero sí socavaría la estabilidad regional y perjudicaría gravemente sus economías. Por ello, buscan evitarla.
En definitiva, esta reunión no servirá para cerrar las profundas brechas que separan a Irán de Arabia Saudí o Turquía. Ni siquiera con Pakistán, que medió entre Teherán y Washington presentándose como actor neutral, pero cuya colaboración en la campaña contra Ansarolá compromete esa imagen. Lo que sí ilustra es un cambio significativo en la percepción regional: se extiende la idea de que no se le puede borrar del mapa y de que es necesario encontrar una manera de convivir con él.