Cuando los apagones en Cuba se leen desde la distancia

Cuando los apagones en Cuba se leen desde la distancia

Por: Mario Muñoz Lozano Detrás de los megavatios que no pueden generarse, de las unidades averiadas y de los horarios de interrupción se encuentra también el impacto de una crisis energética agravada por el endurecimiento de las medidas coercitivas de Estados Unidos. Conocer las afectaciones previstas al servicio eléctrico —los conocidos apagones— se vuelve una rutina del lado de acá, una rutina que incomoda más, cuando escuchas al representante de la Casa Blanca ante la Asamblea General de Naciones Unidas decir, con total desfachatez, que el bloqueo no existe. Los informes hablan de disponibilidad de generación, demanda máxima y déficit previsto, pero cada dato remite a hogares donde la preparación de los alimentos, el descanso, el estudio y el trabajo dependen de cuándo regrese la corriente. El 29 de enero, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que declaró una emergencia nacional respecto a la isla y estableció un mecanismo para imponer aranceles adicionales a productos de países que suministraran petróleo a la nación caribeña, directa o indirectamente.

La disposición de Washington elevó los riesgos comerciales para los países proveedores y las empresas involucradas en esas operaciones. En un mercado donde intervienen navieras, aseguradoras, bancos y compañías comercializadoras, las amenazas de sanciones y represalias pueden disuadir operaciones, incluso cuando se trata de transacciones con terceros países. El corte de suministros y las dificultades para conseguir nuevos cargamentos agravaron una situación ya compleja. Cuba depende de las importaciones para cubrir una parte sustancial de sus necesidades de petróleo, mientras su sistema eléctrico arrastra años de deterioro, averías y limitaciones para el mantenimiento.

La presión sobre los suministros no se limita a las amenazas arancelarias. El pasado 2 de octubre, la Guardia Costera de Estados Unidos informó sobre la intercepción en el mar Caribe de un buque petrolero cuyo destino sería Cuba, episodio que ilustra cómo las restricciones afectan las posibilidades de abastecimiento y aumentan la incertidumbre para quienes participan en el comercio energético con la isla. Las consecuencias, sin embargo, no quedan circunscritas al sector energético. La escasez de combustible compromete el transporte de pasajeros y mercancías, la distribución de alimentos y el funcionamiento de servicios esenciales.

La falta de electricidad también afecta el bombeo de agua, las comunicaciones y la conservación de medicamentos que requieren refrigeración. En febrero, la portavoz de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Marta Hurtado, expresó preocupación por el agravamiento de la crisis socioeconómica cubana y señaló que las restricciones al suministro de petróleo, junto con el bloqueo de larga data, tenían consecuencias cada vez más severas para la población. Expertos de Naciones Unidas alertaron en mayo último sobre los efectos de las nuevas medidas estadounidenses en el acceso a servicios esenciales. Sus pronunciamientos situaron la escasez de combustible en una dimensión que trasciende la economía y alcanza el ejercicio de derechos fundamentales.

Al revisar los partes de la UNE desde el extranjero, resulta difícil asimilar toda esa realidad en cifras. Un déficit expresado en megavatios no explica por sí solo lo que significa pasar buena parte de la noche sin ventilación, conservar alimentos en condiciones precarias o esperar que se restablezca el servicio para bombear agua y completar las tareas domésticas. Tampoco permite conocer la incertidumbre de quienes esperan que se cumpla el horario anunciado para la reposición de la corriente. Cuando una avería prolonga la interrupción o una unidad generadora sale inesperadamente del sistema, los planes familiares vuelven a cambiar.

La mirada desde la distancia tiene, además, una contradicción difícil de ignorar. Quien consulta las publicaciones puede cerrar la pantalla y continuar su jornada con electricidad, mientras en Cuba la siguiente actualización de la UNE puede determinar cómo organizar las horas que quedan del día. Cuando escasea el combustible, no solo disminuye la capacidad de producir electricidad; también se reducen las posibilidades de transportar bienes, mantener servicios, sostener actividades económicas, realizar una operación quirúrgica a un bebé o a un anciano. Al final de cada lectura permanece la misma pregunta: cuántas horas de electricidad tendrá Cuba hoy y cuánto más deberán esperar quienes necesitan la corriente para desarrollar sus actividades más elementales.

Por eso, cada parte de la UNE termina siendo algo más que un informe. Y para cada cubano noble que los sigue desde lejos, detrás está el día a día de su familia, las amistades, la embarazada, los abuelos…. Cada apagón es una lágrima por el sufrimiento del pueblo cubano y de rabia contra el bloqueo que lo asfixia. mem/mml

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