En 1965, la ciudad de París decidió construir un aparcamiento subterráneo en Notre-Dame. Hasta que chocaron con las ruinas del Imperio Romano

En 1965, la ciudad de París decidió construir un aparcamiento subterráneo en Notre-Dame. Hasta que chocaron con las ruinas del Imperio Romano

A principios de los 60, París empezó a ser consciente de que tenía un pollo tremendo con los coches que iba a ser difícil de solucionar. Meter a 20.000 vehículos diarios en la Isla de la Cité, el terreno sobre el que descansa la Catedral de Notre-Dame, era completamente inviable a no ser que se inventasen algo, así que montar un aparcamiento subterráneo parecía la opción más fácil para aligerar esa carga. Con la plaza frente a la famosa catedral convertida en el emplazamiento ideal, en 1965 las obras empezaron a funcionar pero, mucho antes de lo que esperaban, los obreros terminaron dejando paso a los arqueólogos. Bajo aquella plaza no había sólo tierra y barro, estaban los restos de Lutecia.

El París que estaba antes de Notre-Dame La antigua ciudad romana que se había establecido en la isla, que incluso llegó a tener un sistema de baños públicos con calefacción bajo el suelo, y una muralla que se mantuvo hasta el siglo IV, llevaba oculta a simple vista, mientras los parisinos paseaban sobre sus ruinas sin saberlo, desde mucho antes de que existiese Notre-Dame. Y como tal, había que cuidarla. El nivel de restos que iban encontrando era apabullante. Allí permanecían los sótanos de antiguas viviendas medievales, pozos de aquellas mismas casas, los restos de la antigua calle Neuve Notre-Dame por donde los transportistas llevaban los materiales para la construcción de la catedral, y hasta el desaparecido Hospicio de los Niños Abandonados.

Era una joya que, por descontado, no podía intercambiarse así como así por un simple parking. Mientras el proyecto del aparcamiento se arrastraba hasta la parte sur de la plaza para no dañar lo que a todas luces era una joya arqueológica subterránea, las excavaciones continuaron hasta 1972 y, ocho años después, en 1980, París inauguraba su primera Cripta Arqueológica, un museo subterráneo que permitía recorrer aquellos restos del pasado. Si te han entrado unas ganas locas de viajar a París para visitarlo (yo reconozco haber estado en París decenas de veces y aún no he visitado ni esto ni las catacumbas), ten en cuenta que no se abrirá hasta finales de año. Eso sí, lo de maravillarte con que Notre-Dame se empezase a construir en el año 1163 y luego descubrir que bajo el suelo de su portón hay algo aún más antiguo, bien merece la pena una visita.

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