Por Pablo Jofré leal Lejos de las supuestas estructuras clandestinas que Washington y su proxy regional sionista se empeñan en fabricar en el imaginario colectivo occidental, las plantas nucleares de Irán son enclaves declarados, conocidos y que han estado abiertos al escrutinio internacional, como lo demuestra el trabajo sin cortapisas efectuado por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), presidida por su cuestionado director general, el argentino Rafael Grossi. Una conducta permanente de la República Islámica de Irán desde la firma del llamado Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC, o JCPOA, en inglés), cuya rúbrica pública se efectuó en julio de 2015, bajo la presidencia del entonces estadounidense Barack Obama, y violado por Estados Unidos bajo la primera administración de Donald Trump, con la complicidad de los firmantes europeos del G5+1, como son Francia, Gran Bretaña y Alemania el año 2018 cuando Washington se retiró unilateralmente en base a falacias y una clara política destinada a incrementar el asedio contra Irán. Sin embargo, en el tablero geopolítico actual, la transparencia iraní no ha sido correspondida y más bien se ha intensificado la agresión y destrucción de la nación persa por la alianza imperial sionista. Tras años de inspecciones exhaustivas, cámaras de vigilancia y un cumplimiento estricto de las salvaguardias establecidas en el propio PIAC, el programa nuclear pacífico de Irán ha sufrido los embates directos de una maquinaria de guerra imperial y sionista que busca, por la vía de las armas y el chantaje, doblegar la soberanía de la nación persa.
Lo anterior refrendado tras el asesinato de científicos iraníes, procesos de ataques cibernéticos en el marco de una guerra híbrida y sendas guerras de agresión militar como fue la de junio de 2025 y posteriormente la de febrero de 2026, que aún sigue su curso, con menor intensidad que en los primeros cuarenta días, pero igual de inaceptables por Irán, que ha dado respuesta a cada nuevo ataque de Washington y los suyos bajo el marco de considerarlas nuevas defensas sagradas. La actual crisis pone de manifiesto una verdad que no se puede seguir ocultando, a pesar del trabajo de manipulación y desinformación de la prensa occidental: la arquitectura de no proliferación global, representada por el Tratado de No Proliferación (TNP) y administrada por una Agencia Internacional de Energía Atómica cada vez más desacreditada, opera bajo un doble rasero profundamente pernicioso. El rol desempeñado por la AIEA, bajo la gestión de Grossi, constituye uno de los capítulos más cuestionables y despreciables de la diplomacia multilateral contemporánea. Lo que supuestamente debía ser un organismo técnico e imparcial de supervisión científica se ha transformado, en la práctica, en un engranaje subordinado a los intereses geoestratégicos de Washington y del régimen de Israel.
La AIEA ha transitado desde un órgano técnico a herramienta de presión de la alianza imperial sionista, convirtiéndose en un ariete y en un actor de presión hostil contra la República Islámica de Irán. Su instrumentalización la convierte en un ente sin posibilidad de generar confianza internacional, con un doble rasero que suele escudriñar, vigilar y denunciar el último gramo de uranio enriquecido iraní con fines pacíficos, mientras guarda un cómplice silencio ante el arsenal nuclear clandestino y no declarado de Israel, que posee un estimado mínimo de doscientos artefactos nucleares. Todo ello bajo el apoyo, protección y complicidad de potencias occidentales como Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Alemania. La subordinación de Grossi a los dictados de Washington ha tenido consecuencias fatales.
Irán abrió sus puertas de buena fe, entregando coordenadas, planos y detalles técnicos minuciosos en aras de una absoluta transparencia. No obstante, esa información confidencial facilitada a los inspectores terminó convertida en un paquete de inteligencia militar utilizado por el régimen sionista israelí y Estados Unidos. Un Grossi testaferro de Washington y el ente genocida israelí hoy, además de director general de la AIEA, candidato a la secretaria general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Una AIEA devenida, simplemente, en una más de las herramientas criminales de los gobiernos de Trump y Netanyahu para perpetrar sabotajes, asesinar a científicos nucleares iraníes y bombardear instalaciones industriales.
La AIEA, al permitir que sus canales de inspección sirvieran como plataformas de espionaje y cartografía bélica, traicionó el espíritu del derecho internacional y se convirtió en una institución en la cual no se puede confiar en modo alguno. Todo esto en un escenario internacional donde los enemigos de Irán, como son el mandatario estadounidense Donald Trump y el criminal de guerra y primer ministro sionista Benjamín Netanyahu, han sufrido un duro varapalo electoral. Las amenazas recientes de figuras como Donald Trump continúan, a pesar de reconocer que su derrota en las elecciones de medio término tuvo un factor derivado de la férrea defensa de la soberanía de la nación persa frente a los ataques de Washington y el sionismo. Un Trump que suele invocar en forma contumaz la destrucción total de la civilización iraní.
Palabras que no podemos leer como una retórica convencional, pues la República Islámica de Irán soporta agresiones de potencias nucleares armadas hasta los dientes y con una política de beligerancia absoluta que han significado el martirio de su líder religioso el ayatolá Seyed Ali Jamenei, de cientos de pequeños representados por las alumnas de la escuela de Minab en la provincia de Hormozgán el pasado 28 de febrero, junto a miles de civiles. La destrucción de infraestructura industrial, sanitaria y energética y el martirio de miles de civiles constituyen un mensaje del régimen estadounidense que es inequívoco: se trata de una amenaza latente de genocidio nuclear. En este contexto, la permanencia de Irán en el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) demuestra un sostén y bases cada día más frágiles. Como ha señalado el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Mohsen Rezai, el pacto se ha convertido en un instrumento unilateral.
Irán ha cumplido con sus obligaciones de no proliferación y, en cambio, a pesar de esto sólo ha cosechado sanciones asfixiantes, terrorismo económico, crímenes de Estado y una agresión militar continuada. Los Estados poseedores de armas nucleares, principalmente Estados Unidos y su enclave colonial en Asia occidental, como es el ente israelí, que jamás ha firmado el TNP ni se ha sometido a control alguno, exigen en forme vergonzosa desarme y sumisión a las víctimas mientras blindan su propia impunidad. La indignación pública en Irán ha llegado a un punto de no retorno; mantener el pacto cuando este no garantiza la seguridad ni los derechos soberanos del país carece de todo sentido lógico y político. Irán ha demostrado de manera inquebrantable su honorabilidad y apego a la legalidad internacional.
Durante años, cumplió de forma rigurosa y verificable cada uno de los compromisos asumidos bajo el acuerdo nuclear del 2015, permitiendo el acceso total y facilitando las labores de supervisión internacional sin escatimar esfuerzos para disipar cualquier duda sobre la naturaleza pacífica de su desarrollo científico. Sin embargo, la flagrante traición de los firmantes occidentales, que pisotearon su palabra y respondieron a la buena fe de Teherán con sanciones criminales y hostilidad abierta, demostró que la diplomacia sometida a las hegemonías occidentales es una trampa. Ante esta realidad insostenible, la nación persa se apoya hoy en una doctrina defensiva robusta y soberana, que da cuenta evidente que las potencias hegemónicas y arrogantes sólo entienden el lenguaje de la fuerza y el temor a perder los privilegios mal habidos amasados en sus años de dominio colonial. El equilibrio de poder en Asia occidental ha cambiado de raíz; hoy está sólidamente marcado por la firmeza de Irán y la cohesión inquebrantable del Eje de la Resistencia.
Irán ha decidido hace largo tiempo, como esencia de su sociedad, que no cederá y se mantendrá firme. Ante un escenario de asedio, la postura de Teherán es cristalina y categórica: no hay posibilidad de negociar bajo la sombra de la bota militar, las presiones asfixiantes ni el chantaje político. Las guerras de agresión de junio del 2025 y aquella iniciada en febrero del 2026 han demostrado la fortaleza de una sociedad iraní que enfrenta, en forma mancomunada con su liderazgo político, religioso y militar a los enemigos, generando un evidente fracaso en su objetivos políticos y militares. Las políticas coercitivas de Estados Unidos y las acciones criminales de Israel han subestimado históricamente la resiliencia de un pueblo que entiende perfectamente la diferencia entre la cooperación legítima y la capitulación colonial.
Irán ha demostrado que el desarrollo de su ciencia, su industria y su tecnología nuclear responde a necesidades soberanas y pacíficas irreversibles. Si la alianza occidental cree que, mediante bombardeos selectivos, operaciones encubiertas o la coacción de burócratas internacionales como Rafael Grossi, logrará doblegar la voluntad de Teherán, comete un error estratégico de proporciones históricas. Irán mantiene el dedo en el gatillo de su defensa legítima y la mirada firme en su soberanía. Lejos de ceder ante las amenazas de aniquilación, la agresión imperial no hace más que consolidar la convicción nacional de que el único camino viable es la autodefensa sin concesiones, la profundización de su independencia científica y la evaluación soberana de romper con un tratado que, corrompido por la hipocresía internacional, ha fracasado en su misión fundamental de garantizar la paz y la justicia global.
Pablo Jofré leal Periodista. Analista Internacional. Artículo para HispanTV