Estados Unidos y el precio de la guerra con Irán

Estados Unidos y el precio de la guerra con Irán

Por Xavier Villar Además de cuestiones climáticas y sanitarias, como la pandemia mundial de 2020, la guerra de Irán ha funcionado como un equivalente a una guerra mundial, al menos en lo que respecta al impacto global: desde el precio de los alimentos hasta la industria de la inteligencia artificial, pasando por la reconfiguración política regional y la pérdida de la hegemonía estadounidense. La guerra de Estados Unidos contra Irán le ha costado al país 38 000 millones de dólares hasta el momento, según informó esta semana la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO). La CBO añadió que el coste aumentará en otros 3000 millones de dólares al mes si el conflicto continúa, lo que ejercerá presión sobre las finanzas y la economía del país. La mayor parte del gasto, 21 700 millones de dólares, corresponde a la reposición de las municiones utilizadas, según la CBO.

De esta cantidad, 13 100 millones se destinan a interceptores de defensa antimisiles y 7300 millones a misiles de crucero de ataque terrestre. Otros costes incluyen la reparación o sustitución de equipos, el aumento de las horas de vuelo para operaciones aéreas y de transporte, así como el incremento de los costes de combustible. Sin embargo, estas estimaciones no incluyen el coste de los daños sufridos por las bases e instalaciones estadounidenses en la región. Quizá el aspecto más llamativo de esta crisis, como apuntó hace meses el experto en geopolítica Bruno Maçaes, sea hasta qué punto Irán se ha movido deliberadamente para convertirla en una guerra económica, apuntando a los tres puntos más vulnerables de la economía estadounidense: la inflación, los tipos de interés y un mercado bursátil sobrevalorado.

El aumento de los rendimientos de los bonos alcanzó un umbral crítico el lunes, cuando el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años alcanzó el 5 %, un nivel que solo se había tocado de forma breve en 2023 y que, por lo demás, no se registraba desde 2007. El ascenso de la rentabilidad del bono del Tesoro estadounidense a diez años hasta niveles máximos de varios años podría encarecer el acceso al crédito para los estadounidenses que quieran comprar una vivienda, financiar un automóvil o solicitar otros préstamos. Un bono del Tesoro estadounidense es, en esencia, una forma mediante la cual el Gobierno de Estados Unidos empaqueta su deuda y la vende a los inversores, con el compromiso de pagarles intereses. Los inversores pueden comprar bonos con distintos plazos de vencimiento.

Un bono a dos años, por ejemplo, permite recuperar el dinero antes que uno a 30 años, aunque normalmente ofrece un tipo de interés más bajo. A la hora de analizar el mercado de bonos, los inversores prestan atención a la rentabilidad de cada tipo de bono. La rentabilidad es la tasa de retorno que pueden esperar obtener los inversores que compran ese tipo de bono cuando este llega a su vencimiento, y fluctúa en función del precio del propio bono. Una rentabilidad más elevada significa que un mayor número de inversores está tratando de vender sus bonos y está dispuesto a aceptar un precio más bajo para desprenderse de ellos.

El efecto más evidente de la guerra para los estadounidenses de a pie a lo largo del conflicto ha sido el fuerte aumento de los precios de los combustibles. El martes, el precio medio de un galón de diésel en Estados Unidos alcanzó un nuevo récord de 6,27 dólares (1,66 dólares por litro), según la Asociación Estadounidense del Automóvil. Según un seguimiento elaborado por el Watson Institute for International and Public Affairs de la Universidad de Brown, los consumidores estadounidenses pagaron 100 000 millones de dólares adicionales por gasolina y diésel durante los primeros seis meses de la guerra. A escala nacional, este sobrecoste equivale a unos 763 dólares por hogar, tomando como referencia una estimación de 131 millones de hogares en todo el país.

El encarecimiento de los combustibles también está elevando el precio de los alimentos, ya que la escasez de petróleo y gas está afectando a prácticamente todas las etapas de la cadena de suministro alimentario. Estados Unidos ha gastado aproximadamente 5,8 billones de dólares en dos décadas de guerras, a los que se suman otros 2,2 billones destinados a la atención de los veteranos durante las próximas décadas, lo que eleva el coste total a al menos 8 billones de dólares. Para 2030, Estados Unidos habrá gastado tanto en el pago de intereses como en las propias guerras, una deuda que contribuirán a pagar quienes hoy tienen menos de 25 años. El presidente estadounidense dijo recientemente, en un intento más por controlar los mercados, que esperaba que la guerra terminase definitivamente después de las elecciones de medio mandato que se celebrarán en octubre.

Pero Irán no dará un paso atrás sin garantías creíbles de que no será bombardeado en cuanto pase la crisis. Y eso es precisamente lo que Trump ya no puede ofrecer: durante el último año ha agotado la buena voluntad y la previsibilidad que hacen que ese tipo de garantías resulten creíbles. Sin el fin de la guerra, la presión económica seguirá acumulándose, la desconfianza de los mercados no desaparecerá, los precios del petróleo no bajarán, la inflación continuará elevada y nadie querrá hacerse con los bonos del Tesoro.

¿Te gustó esta nota? Compártela: