Hace 147 años, en Murcia murieron 761 personas. Construir una montaña a escopetazos evitó que volviese a ocurrir

Hace 147 años, en Murcia murieron 761 personas. Construir una montaña a escopetazos evitó que volviese a ocurrir

"No vi ni un pino, ni una sola encina". Si hoy eres tú el que recorres Sierra Espuña, en Murcia, te resultará bastante difícil de creer lo que hace 137 años dejó por escrito Ricardo Codorníu. Aquel ingeniero de montes no se equivocó de montaña al nombrarla. Si hoy la ves plagada de árboles es precisamente porque fue él el que, escopeta en mano, decidió salvarla.

Sí, lo has leído bien. Pese a su aspecto, Codorníu sabía perfectamente que no estaba ante otra montaña más de una zona desértica. Allí hubo un día cientos de árboles, pero entre los pastores, la tala de árboles y la industria del carbón, aquella zona quedó completamente destrozada. A nadie en aquella época le habría importado la montaña lo más mínimo -industrialización, ya sabéis-, pero la muerte de casi 1.000 personas les invitó a recapacitar.

Hoy, en Bricomanía, vamos a construir una montaña Ocurrió en 1879, cuando la riada provocada por unas lluvias torrenciales bajó con toda la fuerza de la naturaleza por la sierra cobrándose la vida de 761 personas entre Lorca y Murcia. Aquello ya no era cuestión ni de mantener la industria ni de dar forma a un paisaje bonito. Si querían evitar que los desprendimientos de tierra siguiesen enterrando pueblos, debían hacer algo. No fueron los más ágiles del lugar, todo sea dicho.

En 1888 nace la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura y, de la mano de tres ingenieros, entre los que se encontraba Codorníu, se reparten Sierra Espuña para empezar a reconstruirla. No es una exageración, fue literal, había que levantar diques, construir bancales en los que frenar la tierra y el agua que arrastraban las lluvias, e incluso empezaron a construir casas y almacenes para que la gente pudiese ayudar en la tarea. Decían los documentos de la época que, para aquella primera fase de reconstrucción, lo que debían hacer era preparar el suelo. Que sólo con ese trabajo las raíces podrían agarrar la tierra después, como si una red de seguridad viajase desde los picos hasta la ladera manteniendo todo aquello bien sujeto.

Así que superada la primera fase, se pusieron manos a la obra con la siguiente. Para conseguir repoblar todas aquellas hectáreas se valieron de siete viveros repartidos por la sierra y, por supuesto, los caminos que habían creado. Separando cada zona según sus condiciones, los distintos viveros producían pequeños árboles y luego se encargaban de repartirlos donde tocase, preferiblemente allí donde más posibilidades tuviesen de arraigar y sobrevivir. En 1899, más de 3.256 hectáreas y 4,3 millones de árboles después, descubrieron que tenían un problema.

No era suficiente. Plantar bosques a cañonazos Aquellos tres ingenieros tardaron más de la cuenta en percatarse que, por mucho que hubiesen planeado todo con precisión milimétrica, había zonas a las que era imposible acceder. Al menos no con una mula cargando con todos aquellos plantones -sí, es el nombre que se le da a los árboles cuando aún son jóvenes. Y sí, yo también acabo de descubrir que se llaman así-.

Tocaba ponerse creativo. Es ahí donde entra la escopeta de Codorníu que ha hecho famosa a la historia de la Sierra de Espuña. El trabuco, en realidad, porque fue precisamente eso lo que decidió utilizar. Allí donde no llegaban los trabajadores para plantar, se metían las semillas en el cañón y se disparaban contra la ladera, apuntando hacia grietas en las que pudiesen enraizar a salvo de pajarillos y otros animales buscando algo tiernito que llevarse a la boca.

Sobra decir que fue todo un éxito. Uno que además aún se mantiene muy vivo a día de hoy, plagado de árboles que protegen toda aquella estrategia que Codorníu y sus compañeros plantearon. Los viveros siguen allí, los caminos también, y hasta los bancales enraizados que salvaron aquellos pueblos permanecen impasibles al paso del tiempo, aguantando como auténticos jabatos. Puede que lo más fascinante de toda esta historia sea precisamente eso último.

Todos hemos entrado en ella por lo surrealista que resulta imaginarse a un señor plantando árboles a escopetazos cuando, en realidad, aquellos tres ingenieros consiguieron dar forma a mucho más que una curiosa anécdota. De la nada más absoluta, consiguieron construir y repoblar una sierra para salvar a los pueblos que descansaban tras ella de las inundaciones que vendrían después. Lo hicieron hace 137 años y, para sorpresa ya de casi nadie, su hazaña nos recuerda que no hemos aprendido nada. Imagen | Alhama Nature, Sierra Espuña Viva

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