Por HispanTV Irán volvió a demostrar que Estados Unidos estaba equivocado: décadas de sanciones han impulsado la producción nacional, las redes comerciales alternativas y la adaptación industrial, desmintiendo las predicciones de que la reducción de los ingresos petroleros desencadenaría un inminente colapso económico. El 27 de septiembre, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, formuló una predicción inusualmente categórica sobre el futuro económico de Irán. Según afirmó, probablemente Irán realizaría sus últimos envíos de petróleo a China en un plazo de dos semanas, tras lo cual “no le quedaría nada con lo que comerciar”. Sugirió que la campaña de Washington para cortar las últimas vías de subsistencia económica de Irán estaba llevando al país hacia un punto crítico.
Ese plazo de dos semanas ya ha vencido. Un artículo publicado el 9 de octubre por The Washington Post describió cómo la Administración estadounidense había pasado a apostar por una campaña económica prolongada, después de no haber conseguido sus objetivos con la rapidez que había previsto. El artículo también señaló que Irán había seguido vendiendo petróleo y manteniendo su actividad comercial pese al bloqueo, aunque las restricciones le imponían costes considerables. La principal debilidad de los cálculos de Washington no radica en su incapacidad para medir los ingresos petroleros de Irán, la depreciación de su moneda o sus necesidades de importación, sino en su insuficiente comprensión de la economía a través de la cual deben operar esas presiones.
Irán no es una economía que se enfrente por primera vez a restricciones externas generalizadas. Lleva décadas adaptándose a ellas. Las empresas han reorganizado sus cadenas de suministro, los fabricantes han sustituido las importaciones por productos nacionales, los comerciantes han establecido relaciones comerciales alternativas y el Estado ha acumulado experiencia en la gestión de la escasez. Estos mecanismos han modificado la forma en que la presión económica se traduce en resultados dentro de la economía nacional.
El argumento central es que la capacidad de Irán para resistir una guerra económica no puede medirse únicamente por los daños que esta le inflige. También debe evaluarse en función del sistema económico que ha evolucionado para absorber, redistribuir y sortear esos daños. Ese sistema no se comprende plenamente. Y ahí reside el problema para quienes predicen su inminente colapso.
La interpretación convencional de las sanciones suele presentar a Irán como un exportador de petróleo cuya prosperidad depende de mantener el acceso a los mercados mundiales. Según esta lógica, si se restringen sus ventas de petróleo, se congelan sus vínculos financieros, se obstaculiza su transporte marítimo y se le niega el acceso a tecnologías avanzadas, la economía irá perdiendo progresivamente los medios necesarios para funcionar. Sin embargo, Irán es mucho más que una gran empresa exportadora de petróleo. Cuenta con una considerable base industrial, agricultura, comercio interno, redes de transporte, instituciones financieras y un amplio mercado nacional.
Las pruebas extraídas de la propia experiencia industrial iraní resultan especialmente reveladoras. Irán se burla de Bessent tras fracaso de sus predicciones: ¡merece Nobel de Física! | HISPANTV El jefe del Parlamento iraní se burló del secretario del Tesoro de EE.UU., sugiriendo darle el Nobel de Física tras el fracaso de sus predicciones económicas sobre Irán. En un estudio revisado por pares y publicado en 2024 en la revista Development and Change , el economista político Zep Kalb examinó la industria manufacturera iraní entre 2011 y 2021, basándose en estadísticas industriales, investigaciones de archivo y un estudio de caso industrial detallado. El estudio documentó un crecimiento considerable de la producción y del valor añadido en los grandes establecimientos industriales durante un periodo de sanciones severas.
Entre los años iraníes 2011-2012 y 2021-2022, la producción real aumentó aproximadamente un 70 %, el valor añadido real creció un 91 % y el empleo industrial se incrementó un 27 %. Se trata de resultados históricos, no de mediciones de la economía iraní en el contexto bélico actual, pero cuestionan directamente la tesis de que unas sanciones severas desmantelan necesariamente la base productiva de un país. El estudio también constató que la adaptación fue desigual. Algunas industrias se beneficiaron de la sustitución de importaciones por productos nacionales, mientras que los sectores más dependientes de la tecnología extranjera y de los componentes importados afrontaron mayores dificultades.
La industria alimentaria y la química adquirieron mayor importancia mientras otras ramas manufactureras atravesaban dificultades. La lección no es que las sanciones hayan sido inocuas, sino que sus efectos dependen de la estructura de la economía a la que se imponen. Esta es la primera gran debilidad de un modelo simplista de colapso: trata la economía como si todos los sectores respondieran del mismo modo a una perturbación externa. La experiencia industrial iraní apunta en otra dirección.
Las sanciones han contribuido a crear la misma economía que ahora supuestamente están destinadas a destruir. Irán lleva décadas lidiando precisamente con este tipo de restricciones. El resultado es un ecosistema más complejo de mecanismos comerciales formales e informales, productos sustitutivos nacionales, proveedores alternativos, relaciones comerciales regionales e intervenciones estatales que ha evolucionado bajo una presión prolongada. Las investigaciones del economista Yavad Salehi Esfahani sobre la adaptación del comercio iraní han documentado cómo las sanciones modificaron la geografía y la composición de los intercambios comerciales, en lugar de eliminarlos sin más.
Las empresas buscaron fuentes alternativas de importaciones y nuevos destinos para sus exportaciones. El Financial Times examinó estos mecanismos en un artículo publicado el 29 de marzo de 2026 sobre la economía de resistencia de Irán en tiempos de guerra. El periódico describió la producción nacional, la sustitución de importaciones, el trueque, las rutas comerciales alternativas y la descentralización de determinadas decisiones administrativas como elementos de la respuesta del país al conflicto y al aislamiento. El artículo también señaló que, pese a las graves perturbaciones, se habían mantenido los suministros de bienes esenciales y el pago de los salarios de los empleados públicos.
Este es el tipo de evidencia que debería ocupar un lugar central en cualquier evaluación de la capacidad de resistencia económica de Irán. Existe una diferencia sustancial entre un país que debe improvisar mecanismos alternativos después de que estalle una crisis y otro cuyas empresas e instituciones llevan años desarrollándolos. La paradoja es que las restricciones económicas concebidas para aislar a Irán también han incentivado a los agentes económicos a reducir su dependencia de los canales sometidos a esas mismas restricciones. Así, las sanciones destinadas a debilitar una economía fomentan simultáneamente formas de adaptación que dificultan nuevos intentos de debilitarla.
El error de Washington al centrarse en los ingresos petroleros consiste en tratar su pérdida como si equivaliera a la desaparición de la propia economía. La reducción de las divisas disponibles limita la capacidad de comprar maquinaria importada, insumos industriales especializados, medicamentos, productos alimentarios y otros bienes. Sin embargo, la actividad económica interna también comprende transacciones realizadas en riales. Los trabajadores pueden seguir trabajando, los comercios pueden continuar operando, los fabricantes nacionales pueden mantener la producción y las empresas pueden seguir distribuyendo los bienes disponibles en el mercado interno.
Esta distinción es especialmente importante en Irán, donde la industria manufacturera nacional y la agricultura proporcionan un grado considerable de diversificación económica que no queda reflejado en un análisis centrado exclusivamente en los hidrocarburos. El artículo del Financial Times estimó que las exportaciones iraníes de productos siderúrgicos habían alcanzado un valor aproximado de 7000 millones de dólares en el año iraní anterior. También analizó las exportaciones no petroleras, incluidos los metales, los productos químicos y los alimentos, como posibles fuentes de divisas. Aquí resulta fundamental distinguir entre ingresos y producción.
Un país puede perder una parte considerable de sus ingresos por exportaciones y, aun así, conservar las fábricas, los trabajadores, los equipos y las redes de distribución nacionales que sustentan otras formas de actividad económica. Existe otra dimensión que los análisis económicos convencionales suelen tener dificultades para captar: el conocimiento práctico de quienes desarrollan actividades comerciales y se ganan la vida dentro de Irán. El mayor error analítico sería suponer que, porque Washington puede imponer enormes costes a Irán, también puede determinar la rapidez con la que esos costes se traducen en un colapso económico. La realidad es que la economía iraní ha evolucionado bajo décadas de sanciones y dispone de una capacidad de absorción y reorganización frente a sus consecuencias mayor de la que sus adversarios han tenido en cuenta.