Descubre Irán: Columnas de Jorheh, una joya de la arquitectura persa

Descubre Irán: Columnas de Jorheh, una joya de la arquitectura persa

Por Ivan Kesic Las dos esbeltas columnas de piedra de Jorheh, interpretadas durante mucho tiempo como parte de un templo seléucida dedicado a Dioniso, se consideran hoy parte de una residencia aristocrática del período parto. El yacimiento constituye así un ejemplo de cómo las excavaciones pueden echar por tierra interpretaciones académicas aceptadas durante largo tiempo. Las excavaciones realizadas en Jorheh en 1859 durante la dinastía kayar, impulsadas por la doble pasión del monarca por las antigüedades y la fotografía, convirtieron el yacimiento en uno de los primeros lugares arqueológicos del mundo documentados mediante fotografías, antes de que los austriacos emplearan esta técnica en Samotracia en 1875. Las propias columnas conservan una adaptación local distintiva del orden jónico, con basas que recuerdan a modelos aqueménidas, fustes cuya altura equivale a once veces su diámetro —frente a las ocho o diez veces habituales en los modelos griegos— y capiteles simplificados, cuyas volutas se han comparado con cortinas enrolladas o estandartes atados.

Estos elementos documentan la transformación de las formas clásicas en el Irán parto. En un fértil valle al noreste de Mahalat, entre las ciudades de Arak y Kashan, en el centro de Irán, dos esbeltas columnas de piedra se alzan sobre los viñedos que rodean la aldea de Jorheh. Durante casi un siglo, estas columnas han sido objeto de uno de los debates interpretativos más persistentes de la arqueología iraní. Ernst Herzfeld, quien visitó el yacimiento en la década de 1920, identificó las ruinas como un templo seléucida dedicado a Dioniso.

Esta interpretación marcó el debate académico durante décadas. Las excavaciones iniciadas en 1955 y reanudadas en la década de 1990 fueron desmontando gradualmente esta teoría. Las pruebas apuntan hoy a una residencia aristocrática del período parto: un edificio de carácter civil adaptado a las tradiciones domésticas iraníes, pero que incorporaba selectivamente elementos del lenguaje arquitectónico helenístico. Este yacimiento arqueológico, junto con un puente y un caravasar de época islámica posterior, así como santuarios funerarios, jardines, parajes naturales y un entorno natural prácticamente intacto, atrae a numerosos turistas.

Jorheh y las montañas circundantes El valle y su entorno Jorheh se encuentra en el extremo occidental de la meseta iraní, a unos setenta kilómetros al suroeste de Qom, en un pequeño valle ligeramente apartado de lo que antaño fue una importante ruta de caravanas. La aldea se asienta al pie de montañas que superan los dos mil metros de altitud, entre ellas la cordillera de Haftad Qoleh, al noroeste, y las elevaciones de Naynay, situadas en la confluencia de las dos principales cadenas montañosas. La propia llanura está flanqueada por montañas en dos de sus lados, lo que configura una formación descrita como una cuenca inscrita en un triángulo. Los campos de cultivo y los huertos ocupan el punto de encuentro entre estas elevaciones y reciben el agua de un río que discurre cerca de la montaña meridional, así como de una red de qanats —canales subterráneos tradicionales— y manantiales.

Entre los productos de la región se han contado históricamente el trigo, las legumbres y diversas frutas propias de los climas templados, como uvas, melocotones, albaricoques, cerezas, ciruelas y nueces. El agua ha condicionado la historia del asentamiento. El río que discurre al sur de la aldea y de los restos arqueológicos también ha experimentado cambios con el paso del tiempo: su lecho se ha vuelto más arenoso y su nivel ha descendido a lo largo de las décadas. Esto ha llevado a señalar que, hace dos mil años, el agua probablemente se encontraba a una altura más adecuada para satisfacer las necesidades de la población.

Los viñedos del valle, que desempeñaron un papel destacado en las primeras interpretaciones del yacimiento, siguen siendo uno de los rasgos más característicos del paisaje. En la Antigüedad, la ubicación del lugar era importante por sus conexiones con los principales centros de la época. Jorheh estaba vinculada con Hamadán, Nahavand, Qom y las regiones meridionales, y su proximidad a la ruta entre Qom e Isfahán le confería un valor estratégico. El distrito circundante alberga también otros vestigios antiguos, entre ellos el templo del fuego sasánida de Atashkuh, el edificio parto de Hayiabad y la fortaleza seléucida cercana a Aliabad.

En conjunto, estos enclaves conforman una red de establecimientos militares, civiles y religiosos. La primera expedición arqueológica iraní del siglo XIX Historia de las investigaciones El yacimiento comenzó a aparecer en los estudios occidentales gracias a los viajeros del siglo XIX, al mismo tiempo que surgía en Irán un interés arqueológico local por el lugar. Edward Stack, quien viajaba hacia el norte desde el golfo Pérsico, fue el primer occidental en visitar y describir el monumento. Llegó varios años después de una visita de Naser al-Din Shah, quien, al parecer, fue el primero en realizar excavaciones allí.

El interés del monarca kayar por las antigüedades se combinaba con su entusiasmo por la fotografía. Así, los trabajos realizados en Jorheh en 1859 se convirtieron en una de las primeras excavaciones arqueológicas en las que se empleó la fotografía para documentar los hallazgos, antes de que los austriacos utilizaran esta tecnología en Samotracia en 1875. La elección de Jorheh para llevar a cabo la primera excavación arqueológica de Irán estuvo condicionada por la imagen política que la corte kayar deseaba proyectar. El historiador de la corte, Etemad al-Saltaneh, identificó el yacimiento como un enclave parto de la dinastía arsácida.

Además, sugirió a Naser al-Din Shah que los kayar descendían de aquella dinastía. Esta afirmación llevó al monarca a encargar la primera historia de los arsácidas escrita en persa y a vincular su dinastía con un imperio prácticamente olvidado, en lugar de hacerlo con los aqueménidas o los sasánidas. El arqueólogo alemán Herzfeld visitó el yacimiento en dos ocasiones durante la década de 1920. Al observar las dos columnas que aún permanecían en pie, con sus capiteles de estilo jónico, las piedras trabajadas dispersas por el montículo y los viñedos que cubrían la llanura circundante, imaginó un templo helenístico períptero, con una cella o cámara interior, y propuso que el edificio estaba dedicado a Dioniso.

Su razonamiento se basaba tanto en las afinidades arquitectónicas con las formas griegas como en la asociación entre el cultivo de la vid en el entorno y el dios del vino. Herzfeld admitió que era necesario excavar el interior de la columnata para determinar la naturaleza del templo propiamente dicho. También señaló que las columnas conservadas pertenecían al peribolos —el recinto sagrado que delimitaba el templo— y no a la fachada del edificio. Esta interpretación, desarrollada en sus principales publicaciones, se convirtió en la explicación predominante durante la mayor parte del siglo XX.

En 1955, el Departamento de Arqueología de Irán decidió excavar el edificio precisamente para poner a prueba la hipótesis de Herzfeld. Ali Hakemi dirigió los trabajos, que se prolongaron durante tres meses y permitieron descubrir una parte considerable del complejo. Su informe, publicado finalmente en 1990, describía tres estructuras conectadas entre sí: un edificio principal en el sector sur, con un pórtico columnado, habitaciones y un patio; un edificio septentrional con pasillos y una sala cuadrada central; y una estructura occidental con varias habitaciones y una sala. Entre los hallazgos figuraban cerámica, grandes tinajas, un recipiente vidriado de color azul y un sello de ágata grabado con una figura femenina, descubierto en una tumba situada bajo el pavimento del pórtico.

Mehdi Rahbar reanudó las excavaciones en 1996 y continuó los trabajos durante varias campañas. Sus investigaciones permitieron precisar la planta del complejo, corregir algunos detalles de la reconstrucción propuesta por Hakemi y establecer una cronología más sólida a partir del estudio de la cerámica. La cerámica característica del período parto, conocida como clinky ware (cerámica de sonido metálico), apareció en los niveles de ocupación más antiguos. Asimismo, se pudo determinar que el edificio estuvo en uso desde la época parta hasta el período sasánida y que, posteriormente, el lugar fue reutilizado como cementerio islámico hasta aproximadamente el siglo XIV.

La mansión parta de Jorheh La arquitectura descubierta La parte excavada del complejo ocupa una superficie de aproximadamente 49,6 por 33,5 metros y está orientada en un ángulo de 45 grados con respecto a los puntos cardinales. La estructura principal consta de un amplio pórtico columnado, levantado sobre un podio elevado y conectado, por su lado noroeste, con una serie de habitaciones y pasadizos. El pórtico medía 19,28 por 6,48 metros y originalmente contaba con doce columnas y cuatro pilares dispuestos en dos filas, de los que hoy solo quedan dos columnas en pie. El podio se eleva unos 1,72 metros sobre el nivel del patio delantero, y su fachada está construida con tres hiladas de grandes bloques de piedra blanca.

Las propias columnas ofrecen información reveladora. Sus basas están formadas por dos plintos cuadrados, uno más pequeño y otro más grande, sobre los que descansa un grueso toro circular. Esta configuración difiere de la del auténtico orden jónico, en el que la altura y el diámetro del toro suelen ser más semejantes. En Jorheh, en cambio, el toro presenta un grosor notablemente mayor.

Los fustes, compuestos por tambores de piedra colocados sin mortero, tienen un perfil ligeramente curvado y miden 5,9 metros desde la parte superior del toro hasta justo debajo del capitel. Su diámetro disminuye progresivamente, desde 0,75 metros en la parte inferior hasta 0,45 metros en la superior. La altura total del pórtico es de 7,33 metros. Los capiteles constituyen el elemento más distintivo.

Presentan una versión simplificada del estilo jónico, miden 0,45 metros de altura y están coronados por un ábaco cuadrado sostenido por dos volutas con forma de carrete. La cara de cada voluta está formada por una única moldura que se curva en ambos extremos para formar dos espirales simétricas y opuestas. La estrecha parte central del carrete está decorada con dos líneas diagonales que se cruzan y forman una X. Vistos de perfil, los capiteles tienen forma de mariposa.

En conjunto, su aspecto se ha descrito como semejante al de unas cortinas o unos estandartes enrollados y atados por el centro. La talla es precisa y está ejecutada con gran destreza. Sin embargo, la blandura de la piedra y su vulnerabilidad a las bajas temperaturas han dejado la superficie áspera y llena de pequeñas cavidades, despojándola de su elegancia original. Las proporciones de las columnas se apartan considerablemente de los cánones griegos.

La altura de las columnas jónicas genuinas suele equivaler a entre ocho y diez veces su diámetro, mientras que las de Jorheh alcanzan once veces esa medida. Esta mayor esbeltez se ha interpretado como una consecuencia de la costumbre de utilizar columnas delgadas de madera, una tradición arquitectónica iraní que habría pasado a las construcciones de piedra. Las basas también se han comparado con modelos aqueménidas, en particular con los de la tumba rupestre de Da-o-Dojtar, en Fars, y la tumba de Fajrigah, en Atropatene. Esta semejanza sugiere que, pese a la separación política, las regiones del oeste de Irán siguieron compartiendo una cultura arquitectónica común.

Detrás del pórtico, el edificio principal alberga una gran sala central de 7,6 por 6,6 metros, flanqueada por dos habitaciones más pequeñas, cada una de 6,6 por 3,15 metros. La entrada a la sala central se encuentra alineada con el eje central del pórtico. Las habitaciones laterales, por su parte, tienen puertas situadas frente a los espacios comprendidos entre las columnas de los extremos y las pilastras. En el centro de la pared norte de la sala principal, justo enfrente de la entrada, hay un nicho o adyton, un espacio interior reservado y de acceso restringido.

Los muros son excepcionalmente gruesos y alcanzan un máximo de 2,87 metros. Están construidos con arcilla y adobe, lo que sugiere que debían soportar una cubierta inusualmente pesada o que algunas partes de la estructura situada detrás del pórtico se elevaban hasta dos plantas. El edificio septentrional, conectado con la estructura principal mediante dos pasillos y escaleras, mide 31,2 por 35,4 metros y está rodeado por gruesos muros. Consta de un patio central con pasillos y habitaciones distribuidos en tres de sus lados.

Su planta apunta a una función doméstica o administrativa, más que religiosa. La estructura occidental, aunque se conoce con menor precisión, comprende otras habitaciones y una sala. Las antiguas columnas del yacimiento arqueológico El cambio de interpretación historiográfica La reinterpretación de Jorheh se desarrolló de forma gradual y contó con la participación de diversos investigadores. La hipótesis de Herzfeld, que identificaba el edificio como un templo dedicado a Dioniso, gozó de amplia aceptación, aunque nunca fue unánime.

Benjamin Rowland propuso que se trataba de un templo del fuego, manteniendo el mismo marco cronológico seléucida, mientras que Klaus Schippmann consideró que el edificio pertenecía al período parto. En 1969, Paul Bernard afirmó con claridad que los santuarios de Jorheh y Kangavar eran partos, y no seléucidas, y que, en cualquier caso, eran muy posteriores al templo de Ai Khanoum, en Afganistán. Wolfram Kleiss, a partir del estudio de los restos arquitectónicos, sugirió que la columnata no formaba parte de un templo, sino del vestíbulo de un edificio palaciego de adobe que databa del período parto. Las excavaciones aportaron las pruebas decisivas.

Los trabajos de Hakemi sacaron a la luz un complejo cuya planta no se correspondía con la de un templo griego períptero. Aunque las columnas se inspiraban en el orden jónico, sus proporciones y detalles diferían de los modelos griegos de tal manera que apuntaban a una adaptación local. La cerámica permitió establecer una datación parta. Las investigaciones posteriores de Rahbar confirmaron y precisaron estos hallazgos, identificando el edificio como una mansión o residencia aristocrática, posiblemente vinculada a la casa gobernante arsácida.

El complejo se dividía en espacios exteriores destinados a la recepción y dependencias interiores reservadas a la familia, siguiendo un patrón característico de la arquitectura doméstica iraní. El consenso que se ha consolidado en la bibliografía especializada es que Jorheh fue un edificio civil del período parto —un palacio, una mansión o una estación situada junto a una ruta cercana— cuya arquitectura incorporó selectivamente formas griegas, sin dejar de hundir sus raíces en las tradiciones iraníes. Las columnas jónicas representan una adaptación local simplificada, no una prueba de que el edificio tuviera un origen religioso seléucida. La historia posterior del complejo, incluida su reutilización como cementerio, lo aleja aún más de la interpretación que lo identificaba como un templo.

Lo que sigue sin resolverse es su función exacta y su datación precisa dentro del período parto. Las fuentes sitúan su origen en un marco cronológico que abarca desde el siglo I a. C. en adelante, y documentan su uso continuado durante la época sasánida. La destrucción del edificio se ha relacionado con la victoria de los sasánidas sobre los partos, tras la cual se levantaron construcciones más modestas sobre las ruinas.

Estos aspectos aún requieren nuevas excavaciones para poder esclarecerse. La histórica Jorheh, a orillas del río que lleva su nombre Otros atractivos y turismo Más allá de su conocido complejo arqueológico, Jorheh cuenta con diversos atractivos naturales y arquitectónicos. Entre los más destacados se encuentran la cueva de Shah Bolbol, situada en las montañas entre Jorheh y Deliyán, y la cueva de Luraj Gav, un enclave de interés natural e histórico asociado a un pequeño manantial cerca de su extremo más alejado. Otro lugar emblemático de la zona es el manantial de Vazvan, también conocido como Cheshmeh-ye Shureh.

Sus aguas, ricas en minerales, pueden dejar depósitos minerales sobre las superficies circundantes, aunque, por lo general, no se consideran aptas para el consumo humano. Estos parajes confieren al entorno de la aldea un atractivo propio, distinto del de los yacimientos arqueológicos más conocidos del centro de Irán. El patrimonio construido de la aldea constituye otro de los rasgos que definen su identidad. Jorheh conserva elementos de su arquitectura rural tradicional, entre ellos casas construidas con barro y madera.

Estas edificaciones reflejan las técnicas constructivas locales, adaptadas a un entorno montañoso, aunque su estado de conservación y el grado en que han perdurado varían de un caso a otro. La región circundante alberga también vestigios históricos de distintas épocas, entre ellos una ruta o pasaje atribuido al período parto y un puente y un caravasar de época safávida. Estas construcciones ilustran la importancia que tuvieron los desplazamientos y los viajes a través de la región en siglos pasados. Otro atractivo arquitectónico es el Imamzadeh Haft-Ivan, un santuario religioso conocido por su característica cúpula cónica.

Su función religiosa tradicional y la singular forma de su cubierta lo convierten en un lugar de interés para quienes desean explorar el patrimonio arquitectónico de la aldea. La mejor manera de descubrir Jorheh es recorrer su paisaje y su entramado rural, en lugar de limitar la visita a un único monumento. Las montañas circundantes, las cuevas, el manantial, las casas tradicionales y las infraestructuras históricas pueden combinarse en una breve excursión desde Mahalat o Deliyán.

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