La inteligencia artificial no tiene sexo, género ni una identidad humana. Sin embargo, basta con ponerle un rostro, una voz y un nombre para que las personas comiencen a tratarla de manera diferente. Es una paradoja que adquiere especial importancia ahora que los asistentes virtuales empiezan a convertirse en compañeros de trabajo, capaces de participar en reuniones, proponer ideas y colaborar en tareas profesionales. Un equipo internacional de investigadores decidió comprobar hasta dónde llegaban esos prejuicios.
Para hacerlo, reunió a 189 trabajadores y les presentó varios asistentes virtuales que funcionaban con la misma tecnología. Lo único que cambiaba era su apariencia. Los participantes aseguraban que esas diferencias no influían demasiado en sus decisiones, pero cuando llegó el momento de repartir dinero, sus acciones contaron una historia completamente distinta. Cuatro asistentes, un mismo cerebro y una diferencia que parecía insignificante El experimento fue desarrollado por investigadores de distintas instituciones europeas, entre ellas la Universidad de Zúrich y la Universidad de Limerick .
Sus resultados se presentaron durante la conferencia NordiCHI 2026 y quedaron recogidos en el estudio publicado por la Association for Computing Machinery . Los científicos diseñaron un entorno de oficina en realidad virtual donde los participantes debían resolver tareas de generación de ideas con ayuda de asistentes de inteligencia artificial. Para ello, utilizaron cuatro representaciones: un chatbot de texto, un pequeño robot de escritorio y dos avatares humanos llamados Johan y Johanna . Aunque parecían sistemas diferentes, todos utilizaban el mismo modelo de lenguaje y el mismo proceso de interacción.
Esto permitía comparar cómo reaccionaban las personas ante distintas presentaciones de una tecnología equivalente, sin atribuir las diferencias a capacidades técnicas distintas. Cada participante completó tres rondas de trabajo: una con el chatbot , otra con el robot y una tercera con uno de los dos avatares humanos. Después debía evaluar la confianza que le inspiraba cada asistente, cuánto había contribuido a la tarea y qué recompensa merecía. La prueba introducía una decisión económica real.
Los participantes podían asignar hasta cuatro francos suizos a cada asistente y conservar el dinero restante . De esta manera, los investigadores no solo obtenían opiniones, sino también una medida observable de cómo valoraban el trabajo realizado. Cuando llegó el momento de pagar, apareció un prejuicio inesperado Los entornos inmersivos permiten estudiar cómo las personas colaboran con asistentes de inteligencia artificial que simulan compañeros de trabajo. © Zavod. Los resultados mostraron que los asistentes con apariencia humana recibían mayores niveles de confianza, mejores valoraciones de su contribución y recompensas económicas superiores a las del robot de escritorio.
Cuanto más humano parecía un agente, mayor era la disposición de los participantes a reconocer y recompensar su trabajo. Sin embargo, la comparación entre Johan y Johanna reveló una segunda diferencia. Según los resultados difundidos por la Universidad de Zúrich , el avatar femenino recibió recompensas económicas un 10,25% inferiores a las del masculino, pese a compartir las mismas capacidades tecnológicas. La diferencia no se reprodujo con la misma claridad en todas las evaluaciones.
Johan fue percibido como más humano y obtuvo una recompensa significativamente mayor, pero las diferencias en confianza y reconocimiento de su contribución no fueron estadísticamente significativas. Esto introduce un matiz importante: el experimento no demuestra que todos los participantes discriminaran deliberadamente al avatar femenino. Tampoco permite atribuir toda la diferencia exclusivamente al género, ya que la presentación visual y vocal podía influir conjuntamente en la percepción. La contradicción apareció con mayor claridad en las entrevistas posteriores.
Entre los 34 participantes entrevistados , muchos afirmaron que preferían asistentes sin apariencia humana y que el género de la inteligencia artificial les resultaba irrelevante. Sus recompensas, sin embargo, no siempre coincidían con esas preferencias declaradas. El problema no está únicamente en los algoritmos: también en quienes los utilizan Durante años, buena parte del debate sobre discriminación algorítmica se concentró en los prejuicios presentes en los datos utilizados para entrenar modelos de inteligencia artificial. La UNESCO ha documentado cómo los sistemas generativos pueden reproducir estereotipos de género , especialmente al asociar determinadas ocupaciones o características personales con hombres y mujeres.
Este experimento incorpora otra dimensión: incluso cuando el funcionamiento técnico del sistema es idéntico, las personas pueden proyectar sus propias expectativas sociales sobre él. El investigador Thomas Fritz, de la Universidad de Zúrich , advirtió en una entrevista publicada por la institución que los asistentes cada vez más humanos pueden generar relaciones de confianza difíciles de calibrar. Su diseño influye en cómo se perciben sus capacidades y puede reforzar estereotipos que ya existen fuera del entorno digital. La investigación tiene limitaciones .
Se realizó con una muestra concreta, dentro de un entorno de realidad virtual y mediante tareas de colaboración específicas. Sus resultados no permiten concluir que todas las personas vayan a comportarse igual en entornos laborales reales. Sin embargo, abre una pregunta incómoda para una industria que apuesta por convertir los agentes de IA en compañeros cotidianos: si una misma tecnología recibe un trato diferente simplemente por adoptar una apariencia masculina o femenina, quizá el desafío no sea únicamente enseñar a las máquinas a reconocer nuestros prejuicios, sino aprender a reconocerlos nosotros mismos.