La psicología dice que las personas que hablan alto y a veces gritan no son agresivas, en realidad sienten las emociones con más fuerza que el resto

La psicología dice que las personas que hablan alto y a veces gritan no son agresivas, en realidad sienten las emociones con más fuerza que el resto

Seguro que también tienes esas percepción, hay personas que parecen incapaces de contar una historia sin subir el volumen. Se emocionan, aceleran el ritmo de la conversación y, cuando quieren darse cuenta, están hablando a un volumen notablemente más alto de lo que pretendían. Otras elevan la voz cuando discuten, aunque su intención esté muy alejada de la de intimidar a quien tienen delante. Y, como suele ocurrir en las relaciones humanas, basta con escuchar unos segundos de alguien para tomar el todo por la parte y sacar conclusiones sobre su carácter.

El problema es que tendemos a interpretar una voz elevada como una señal de agresividad y es que es fácil pensar que si alguien habla demasiado alto es porque está enfadado, porque quiere imponer su opinión o porque tiene un temperamento difícil... cualquiera de las tres conclusiones podrían ser válidas. Sin embargo, la psicología de las emociones y la investigación sobre la comunicación vocal muestran que el asunto es bastante más complejo. El volumen de la voz puede aportar información sobre la intensidad de una emoción, eso está claro, pero no basta para determinar qué está sintiendo una persona ni cuáles son sus intenciones. La alegría, el miedo, la sorpresa y la ira pueden provocar cambios en nuestra forma de hablar, y no todas esas emociones tienen por qué tener nada que ver con la hostilidad.

Un estudio analizó emociones diferentes a través de la voz Una de las investigaciones que ayuda a entender esta relación se publicó en 1996 en el Journal of Personality and Social Psychology, y puedes consultar el estudio original en PubMed. El trabajo, firmado por Rainer Banse y Klaus R. Scherer, investigadores vinculados a la Universidad Humboldt de Berlín y la Universidad de Ginebra, analizó 224 interpretaciones vocales realizadas por actores profesionales para representar 14 emociones completamente distintas. Los investigadores estudiaron diferentes parámetros acústicos, entre ellos la intensidad, el tono y otras características de la voz.

Su objetivo era comprobar hasta qué punto esas señales permitían reconocer las emociones representadas y distinguir sus diferentes niveles de intensidad. ¿Qué conclusiones sacaron? Los resultados indicaron que las características acústicas de la voz aportaban información tanto sobre la intensidad emocional como sobre la naturaleza de lo que se estaba expresando. En otras palabras, nuestra forma de hablar puede ofrecer pistas sobre cómo nos sentimos, aunque no permita interpretar cada emoción de manera infalible. La relación entre la voz y las emociones ersulta más interesante cuando se observa en otra dirección Esto ayuda a explicar por qué una persona puede hablar con un volumen elevado cuando está enfadada y hacer exactamente lo mismo cuando está entusiasmada con algo.

La voz participa en la expresión de nuestras emociones, pero el volumen no funciona como un interruptor que solo se activa cuando aparece la ira. Y es que la relación entre la voz y las emociones resulta todavía más interesante cuando se observa en la otra dirección. No solo nuestro estado emocional puede modificar cómo hablamos, sino que la manera en que utilizamos la voz también puede influir en cómo nos sentimos. Un estudio publicado en 1993 en el Journal of Abnormal Psychology examinó cómo afectaban la velocidad y el volumen del habla a la experiencia del miedo, la ansiedad, la tristeza y la depresión.

Los participantes tuvieron que relatar experiencias personales utilizando distintos estilos vocales y, a través de ello, los investigadores observaron que, al recordar situaciones que les provocaban miedo o ansiedad, los participantes experimentaban una mayor activación emocional y cardiovascular cuando hablaban rápido y alto. En los relatos relacionados con la tristeza o la depresión, el patrón asociado a una mayor activación emocional era totalmente distinto: hablar despacio y en voz baja. El estudio no demuestra que todas las personas que hablan alto experimenten sus emociones con mayor intensidad, pero sí apunta a que existe una relación entre la forma de expresarnos y nuestra respuesta emocional, una conexión que puede manifestarse tanto en lo que sentimos como en algunas de las reacciones físicas que acompañan a esas emociones. Por ese mismo motivo, una conversación que empieza con cierta tensión puede terminar subiendo de tono a medida que sus participantes hablan más deprisa y elevan la voz.

El estilo vocal puede contribuir a alimentar la emoción que ya estaba presente, aunque la intensidad de esa respuesta dependerá de cada persona y de las circunstancias. Entonces, ¿las personas que hablan alto son más emocionales? En base a lo que hemos dicho, sería fácil extraer ese veredicto pero conviene frenar un poco el tren de las conclusiones. No existe evidencia suficiente para concluir que quienes hablan alto sienten las emociones con más fuerza que el resto como una característica evidente de su personalidad.

Lo que sí sabemos es que las emociones pueden modificar nuestra voz y que las personas utilizamos diferentes recursos para expresarnos, y es que alguien puede elevar el tono porque está muy contento, porque se siente nervioso, porque está enfadado o porque ha aprendido a comunicarse de esa manera. También influyen los hábitos adquiridos durante la infancia, el entorno familiar y las costumbres culturales. En algunas familias es habitual hablar alto, interrumpirse y participar en conversaciones muy animadas sin que nadie lo interprete como una discusión sin embargo, en otros entornos, ese mismo comportamiento puede percibirse como una falta de respeto. A todo ello se suman las circunstancias más cotidianas porque no es lo mismo hablar en una habitación silenciosa que intentar hacerse oír en un lugar ruidoso, ni contar una anécdota que nos apasiona que discutir sobre un asunto que nos preocupa.

Importan las palabras, el tono, los gestos, la situación y la manera en la que se trata a los demás Por tanto, no podemos deducir cómo es alguien ni cuánto siente únicamente por el volumen de su voz. Para interpretar una conversación también importan las palabras, el tono, los gestos, la situación y la manera en que esa persona trata a los demás. Por si todo esto fuera poco, que hablar alto no implique necesariamente agresividad tampoco significa que los gritos sean siempre inofensivos. La investigación sobre la intimidación vocal demuestra que el volumen puede utilizarse deliberadamente para transmitir fuerza, amenazar o intentar imponerse sobre otra persona.

Un trabajo publicado en 2024 en Journal of Experimental Psychology: General, y que puedes leer en el repositorio académico de la Universidad de California, estaba basado en el análisis de más de 3.000 vocalizaciones humanas y varios experimentos de percepción. Éste estudió precisamente el papel del volumen en la forma en que interpretamos la fuerza y la agresividad y sus resultados mostraron que hablar más alto puede contribuir a transmitir una impresión de fuerza e intimidación. La diferencia está en el conjunto de la conducta. No es lo mismo levantar la voz al emocionarse contando una historia que gritar para humillar, amenazar o impedir que otra persona pueda intervenir.

El contexto y la intención importan, y mucho además de que, por supuesto, tampoco hay que olvidar que una persona puede sentirse muy enfadada sin levantar la voz. El autocontrol, la forma de afrontar los conflictos y los hábitos comunicativos varían de un individuo a otro. Por eso, ni hablar alto convierte automáticamente a alguien en una persona agresiva ni mantener un tono tranquilo garantiza que una conversación sea respetuosa. La próxima vez que alguien eleve la voz en una conversación, quizá merezca la pena escuchar algo más allá de la forma en la que se está expresando.

Puede que esté enfadado, puede que esté emocionado o puede que sencillamente sea su forma de comunicarse. La mayor conclusión que podemos sacar de todo esto es que la voz ofrece pistas sobre nuestro mundo emocional, pero interpretarlas correctamente requiere mirar más allá de los decibelios.

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