Nos hemos acostumbrado a crecer como si tuviésemos por delante una lista de tareas que hay que ir tachando. Primero estudia, luego trabaja, ahora ponte a formar una familia, ¿tienes ya un piso, no? ¿y lo de plantar el árbol cómo lo llevas? Para el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, buena parte de nuestros errores pasan por seguir obsesionados con perseguir esos objetivos cuando, por nuestra situación o la del mundo que nos rodea, ya se han vuelto inútiles. Tal y como recogía en su ensayo Las etapas de la vida, publicado allá por 1930, el psiquiatra se preguntaba si había escuelas para la gente de 40 años.
Creía que, como nadia nos había enseñado a navegar por esa etapa, llegábamos a ella "sin preparación" para todo lo que estaba por venir. En ese "y ahora qué" al que muchos llegan, y al que algunos incluso entran en crisis, le pedía mirar hacia dentro. El problema de seguir viviendo como si tuviésemos 20 años Jung hablaba entonces de la vida como si fuera un recorrido del Sol. Por la mañana sube y sube hasta llegar a lo más alto y, a partir de ahí, el movimiento se frena antes de empezar a descender.
Decía que es "un proceso interior inexorable" que impone "la contracción de la vida". O en cristiano, que lo que nos ha servido para dar forma a nuestra identidad, todo ese trabajo que nos había llevado hasta ahí, a menudo podía convertirse en un obstáculo si nos negábamos a abandonar esa forma de entender el mundo. El problema, para aquellos que no lo hacen y siguen viviendo de puertas para afuera, es que intentan competir con los jóvenes que aún están amaneciendo o se agarran a los éxitos del pasado, a ese Sol alcanzando el mediodía cuando lo que toca es ir decayendo hasta el atardecer. Decía que la clave para superar ese bache no estaba en abandonar nuestra juventud, sino en entender que no podemos seguir viviendo como si tuviéramos 20 años para siempre.