Por Mohamad Molai Pocas ciudades iraníes existen sin una cordillera que se alce imponente en sus cercanías, y esto no es casualidad. Los Zagros, por sí solos, cubren aproximadamente una quinta parte del territorio iraní, extendiéndose unos 1500 kilómetros desde la frontera turca hasta el estrecho de Ormuz, mientras que los Alborz forman un arco más cerrado que protege la meseta del norte de Irán de las tierras bajas del Caspio. En conjunto, estas majestuosas montañas forman los muros de contención de una civilización que ha resistido ataques e invasiones durante miles de años. Esta realidad precede en milenios tanto al Irán moderno como a la República Islámica.
A través de siglos de conflicto con romanos, otomanos y la guerra impuesta por el Irak baasista de Sadam Husein, la importancia estratégica del terreno ha quedado profundamente arraigada en la memoria militar iraní. Las montañas de Irán actúan como un multiplicador de fuerza, convirtiendo la invasión en una empresa más lenta y costosa, en la que una fuerza defensora menor, pero decidida y bien posicionada, puede debilitar a una mucho mayor. Los planificadores iraníes han modernizado esta ventaja geográfica, convirtiéndola en una doctrina del siglo XXI basada en ciudades de misiles dispersas y fortificadas en las montañas. Cajas vacías, señuelos y desesperación: ¿Cómo la agresión aérea estadounidense contra Irán se quedó sin objetivos y sin estrategia? | HISPANTV En los días transcurridos desde que Estados Unidos reanudó su agresión aérea contra Irán, ha comenzado a perfilarse un patrón claro.
Durante años, la interpretación convencional de las instalaciones subterráneas de misiles de Irán fue sencilla: túneles reforzados excavados en las laderas de las montañas, destinados principalmente a almacenar misiles terminados fuera del alcance de los satélites y a proteger los lanzadores-transportadores de los ataques aéreos. Esta interpretación resulta cada vez más difícil de sostener. Las pruebas que el propio Irán ha decidido hacer públicas sugieren que estas bases no son meros depósitos de armas, sino complejos industriales diseñados para mantener y reabastecer el arsenal militar iraní en las condiciones más hostiles. La expresión más clara de este cambio provino del mártir ministro de Defensa, Aziz Nasirzade, quien, reflexionando sobre las lecciones de la guerra impuesta de 12 días, dijo: “Dadas las experiencias adquiridas durante la guerra, hemos reconsiderado la forma en que el Ministerio de Defensa produce.
Tal vez no necesitemos producir algo en un espacio grande y visible. Nuestro país es vasto y tiene una geografía muy compleja, y podemos utilizar infraestructura que no sea obvia, y así lo hicimos”. Una visita con un mensaje A principios de agosto, coincidiendo con el Día Nacional de la Industria de Defensa, la emisora nacional iraní IRIB transmitió imágenes del general de división Ali Abdolahi, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y comandante del cuartel general central Jatam al-Anbiya, recorriendo una instalación subterránea de producción de misiles no identificada junto con el general de brigada Mayid EbnReza, ministro de Defensa en funciones. Este fue un caso excepcional en el que dos altos mandos y líderes visitaron públicamente una instalación de este tipo, y se mostró a Abdolahi recibiendo información sobre la producción nacional de armas, afirmando posteriormente que los misiles de nueva fabricación de Irán poseen “mayores capacidades que antes”.
Las imágenes no eran meramente simbólicas. Entre los equipos subterráneos se podía ver una gran mezcladora industrial, del tipo de maquinaria que se utiliza para mezclar y curar el propulsor sólido para cohetes. En agosto de 2026, el general Ali Abdolahi visitó una planta de producción subterránea. Detrás de él, se podían observar varios misiles antitanques guiados de la familia Almas ya terminados.
Estas armas portátiles también utilizan propulsión de combustible sólido. Ese detalle es de vital importancia, ya que durante años las mezcladoras de propulsores han sido consideradas uno de los objetivos más valiosos de toda la industria misilística iraní. En los últimos años, los ataques israelíes y estadounidenses se han centrado específicamente en estas mezcladoras, partiendo de la premisa de que la producción de propulsores de combustible sólido constituye un cuello de botella: destruir las mezcladoras equivale a frenar el programa misilístico desde su origen. La clave de la historia reside en que la mezcladora que aparece en las imágenes se encontraba dentro de una instalación subterránea reforzada, en lugar de en una de las plantas de superficie conocidas que ya habían sido atacadas.
Esto sugiere que Irán no se limitó a perder capacidad de mezcla y producción de combustible para misiles en ataques anteriores, como habían afirmado previamente funcionarios israelíes y estadounidenses. Esto no carece de precedentes. Durante años se han publicado oficialmente imágenes de áreas de ensamblaje y producción subterráneas, incluyendo grabaciones que muestran equipos de líneas de producción dentro de complejos de túneles. Lo que es diferente ahora es el momento y el mensaje.
Esta revelación se produjo de forma deliberada y transmitía un mensaje claro, poco después de dos guerras impuestas a gran escala en las que la capacidad de producción de misiles balísticos de Irán fue objeto de ataques directos. Evidencia del campo de batalla A pesar de los repetidos ataques contra instalaciones de mezcla de combustible e infraestructura industrial de misiles identificadas en las dos guerras impuestas anteriormente, Irán continuó produciendo y disparando misiles balísticos de combustible sólido durante y después de esas agresiones militares, contradiciendo las evaluaciones israelíes y estadounidenses que consideraban que esos ataques habían degradado significativamente el programa. Más revelador aún, los misiles que Irán ha desplegado desde entonces han mostrado una mejora cualitativa. Los analistas que siguen de cerca los ataques contra posiciones militares estadounidenses en toda la región, incluidas las bases y activos en Jordania, han observado una mayor precisión terminal a mayor distancia.
Irán también ha integrado ojivas de nueva fabricación, derivadas de los misiles Jeybar Shekan y Fattah, en los propulsores de los misiles Hach Qasem, un enfoque que combina un propulsor de combustible sólido ya existente con vehículos de reentrada más maniobrables y difíciles de interceptar. Ese tipo de integración iterativa e interprogramática no es sostenible para una base industrial si su capacidad de producción principal, como la fabricación de mezcladoras, la fundición de propelentes y el ensamblaje de sistemas de guiado de precisión, se ha visto gravemente afectada o destruida. Por lo tanto, el argumento más sólido a favor de la capacidad de la sólida base de producción subterránea de Irán reside en las recientes evidencias operativas. El cohete propulsor Hach Qasem, ahora combinado con las ojivas Jeybar Shekan, más maniobrables, es prueba de que la capacidad industrial continúa, no que ha disminuido.
Implicaciones estratégicas En conjunto, la visita del general Abdolahi y el desempeño de la fuerza de misiles de Irán en la posguerra apuntan a la misma conclusión. La red clandestina de Irán debe evaluarse como un sistema de producción distribuida, no simplemente como un sistema de almacenamiento y lanzamiento distribuido. Esta distinción cambia el significado de “éxito” para la agresión aérea israelí-estadounidense. Si las instalaciones subterráneas no son más que búnkeres, entonces la destrucción de la infraestructura visible en la superficie degrada el programa de misiles iraní de una manera bastante lineal, porque los propios misiles y los medios para fabricar más están concentrados en ubicaciones conocidas y que pueden ser atacadas.
Pero si la producción en sí se ha dispersado en emplazamientos reforzados y distribuidos geográficamente, entonces los ataques a las instalaciones de superficie conocidas pueden causar daños mínimos y recuperables, dejando gran parte de la base de producción prácticamente intacta. Esto tiene consecuencias directas en la forma en que los expertos militares estadounidenses y los analistas independientes evalúan la efectividad de los ataques contra la infraestructura de misiles de Irán. El número de edificios dañados no equivale al número de capacidad de producción dañada. El patrón de Shahrud, con daños superficiales seguidos de una construcción subterránea continua e incluso acelerada, debe interpretarse como el indicador más claro de esa brecha.
Además, los propios mensajes de Irán, como la publicación deliberada de imágenes de mezcladoras, indican que Teherán desea que esa brecha se comprenda, no que se oculte. Durante siglos, la defensa iraní ha consistido en convertir un terreno vasto, complejo y vertical en tiempo: tiempo para reagruparse, tiempo para reabastecerse, tiempo para hacer que el adversario pague por cada kilómetro de avance. Lo que el general mártir Nasirzade describió como “infraestructura que no es evidente” es la misma lógica del terreno, aplicada no a los ejércitos, sino a la capacidad industrial. Las montañas que antes ocultaban guarniciones en retirada ahora esconden mezcladoras de combustible.
Los pasos de montaña que antaño decidían el destino de los imperios, ahora, en cierto modo, marcan el ritmo de un programa de misiles. Y si la historia sirve de algo, las cordilleras que han engullido ejércitos durante miles de años no revelarán sus secretos fácilmente hoy en día.